Cocinando otra investidura

Sorprende la preocupación de quien en febrero no tuvo inconveniente en anticipar las elecciones

CARLOS FLORES JUBERÍAS

A mí personalmente me recuerda a esos míticos cocineros japoneses, que sin otro pertrecho que una batería de afiladísimos cuchillos, se encaran con un descomunal atún de trescientos kilos, y en menos de lo que se tarda en rezar un credo transforman a ese imponente monstruo marino en varios cientos de raciones de sushi, de esas que luego los clientes tomarán con la punta de sus dedos, mojarán en soja, y se llevaran a la boca sin despeinarse. Y, por supuesto, sin preguntarse por su origen último.

Me refiero a Iván Redondo, el ya mítico jefe de gabinete -consejero áulico, 'spin doctor', estratega de cabecera, you name it!- de Pedro Sánchez, cuya tarea en los útimos meses no ha sido otra que transformar los enrevesados resultados del 28A en un nuevo mandato presidencial para su cliente. Y que la está llevando a cabo con una precisión digna de un chef con muchas estrellas en su haber.

Como se hace con los atunes, a los que primero se despoja de sus partes menos nobles -la cola, las aletas, la cabeza...- que tal vez tengan alguna utilidad para hacer caldo, pero que al cliente no le apetecerá encontrar sobre su plato, Redondo se encargó primero de mandar a la trastienda de la cocina a Podemos, cuyos votos eran necesarios para cocinar la investidura, pero con los que Sánchez no deseaba encontrarse en la mesa del Consejo de Ministros. Lo hizo primero ninguneándoles durante meses, después arrinconándoles con vetos casi insalvables, luego engañándoles con propuestas más aparentes que reales, y finalmente abandonándolos con desdén mientras desde la tribuna de oradores del Congreso suplicaban una limosna.

Y ahora, neutralizado el factor Podemos, Redondo se ha lanzado a descartar también la alternativa 'elecciones anticipadas', apelando al 'sentido de Estado' de Ciudadanos y el PP, escudándose tras la 'sociedad civil' para subrayar la necesidad de contar cuanto antes con un gobierno estable, y recordándonos con gesto grave la inconveniencia de una repetición electoral. Curioso 'sentido de Estado' que Sánchez no tuvo en su día ante la investidura de Rajoy; peculiar 'sociedad civil' cuyos portavoces caben sin apreturas en uno de los tresillos de Moncloa; y sorprendente preocupación la de quien en febrero no tuvo inconveniente en anticipar las elecciones y ahora advierte con fingido alarmismo del perjuicio que para la imagen de España supondría una nueva cita ante las urnas.

De manera que, demostrada en la práctica la imposibilidad de una alternativa -la coalición con Podemos- y universalmente admitida la inconveniencia de la otra -la repetición de las elecciones-, no quedaría más salida que la de un gobierno monocolor y unicéfalo de Pedro Sánchez y el Partido Socialista que dejara a éste liderazgo incontestado en el ejecutivo, y libertad absoluta frente al legislativo. Casualmente, la prioridad número uno de Sánchez desde el mismo día de la convocatoria electoral, y ante la que a estas alturas solo hay un antídoto: que al resto de los comensales no les apetezca el pescado crudo.