Coches como aviones

Los fabricantes de automóviles son bien conscientes de la atracción que se siente ante la posibilidad de alcanzar una velocidad de vértigo

VICENTE GARRIDO

El pasado domingo la Guardia Civil, alertada por el célebre helicóptero Pegasus de la Dirección General de Tráfico, detuvo a un sujeto que conducía a 223 km/h en la AP-7, a la altura de Gandía; además, iba drogado. Y el martes leo en LAS PROVINCIAS que de nuevo Pegasus ha cazado a otro coche en una autovía de Sevilla que, no contento con circular 'solo' a 208 km/h, iba acosando a los conductores a los que daba alcance para que se quitaran de su camino. Cada año hay un grupo 'selecto' de conductores a bordo de coches potentes que sienten el deseo urgente de volar por la carretera. Bien reciente tenemos el fallecimiento del futbolista Juan Antonio Reyes y de un primo suyo, accidentado cuando conducía a la increíble velocidad de 237 km/h.

Esta atracción hacia una situación de extremo riesgo para sí mismo y los demás es comprensible, que no, desde luego, justificable. A veces el conductor se siente deprimido, todo le da igual, y utiliza el vehículo como un arma para expresar su rabia, impotencia o dolor. En esa situación los conductores que vienen en cualquier sentido no son elementos de la ecuación. Si uno se va al infierno, mejor ir acompañado. En países donde la obtención de un arma de fuego está muy restringida, como es el caso de España, un vehículo puesto a velocidad de avión es lo más parecido a mostrar, ufano, la pistola en frente de una audiencia que va respetarte por obligación. Tú eres el jefe. Punto.

Otras veces uno se deja llevar; la vida le sonríe, el sentimiento de tener bajo control a la máquina, aunque ilusorio, produce una satisfacción interior que anula la reflexión acerca del comportamiento temerario que está protagonizando; la paradoja aquí es que te matas porque tienes todo para vivir estupendamente.

El futuro probable (que te estampes si vas a casi 250 kilómetros por hora) desaparece; todo se reduce a la comunión casi mística entre el que conduce y su montura. Los fabricantes de coches son bien conscientes de la atracción que muchas personas sienten ante la posibilidad de alcanzar una velocidad de vértigo, aunque éstas se digan que nunca irán tan rápidos y, aparentemente, comprendan perfectamente los peligros de comerse el paisaje sin verlo.

Miren ahora el problema de los wasaps: a la gente le encanta escribir o dictar wasaps mientras conduce. Todos piensan que sabrán manejar la situación perfectamente. El incidente no previsto ni se contempla. Pero aquí la causa para negar el riesgo no es la necesidad de vivir unas emociones determinadas como en los dos casos anteriores, sino la confianza en que podemos hacer las dos cosas a la vez y así seguir haciendo algo que nos gusta, que es enviar el wasap de marras. Nuestra psicología odia pensar en que lo cotidiano pueda volverse peligroso. Las campañas insisten en todo esto, y hacen bien. Pero hay cosas difíciles de cambiar.