Coartadas de la democracia directa

ANTONIO PAPELL

Aunque la consulta a las bases que ha planteado Pablo Iglesias no es más que una coartada para situar al PSOE entre la espada y la pared, es además evidente que la estratagema responde a una cultura asamblearia que poco o nada tiene que ver con la sofisticación parlamentaria de los regímenes occidentales más avanzados. El ardid ideado por el populista Iglesias es, digámoslo claro, un tic chavista, autoritario, muy propio de quienes postulan la llamada democracia directa como alternativa inaceptable de la democracia sin apelativos.

Como es conocido, el pequeño líder de UP, con un sentido del ridículo muy limitado, ha preguntado a las bases cuál es el camino que debe tomar frente a la negativa sanchista a formar un gobierno de coalición con Podemos. Iglesias quiere 'tocar poder' directamente, quizá convencido de que es su última oportunidad de eludir el riesgo de quedar reducido a la jefatura de una opción marginal como fue siempre IU. Después de haber aspirado a controlar el CNI y la Agencia Tributaria, ahora le gustaría una vicepresidencia. Sánchez se opone porque, entre otras razones, hay entre el PSOE y UP grandes diferencias ideológicas en asuntos clave, como Cataluña.

Pues bien: para que no haya dudas, el líder de UP ha ido al grano y ha ofrecido a los suyos una absurda disyuntiva sobre el apoyo a la investidura: Opción 1: «Llegar a un acuerdo integral de Gobierno de coalición (programático y equipos), sin vetos, donde las fuerzas de la coalición tengan una representación razonablemente proporcional a sus votos». Y opción 2: «La propuesta del PSOE: un Gobierno diseñado únicamente por el PSOE, colaboración en niveles administrativos subordinados al Gobierno y acuerdo programático».

Las asimetría es tan estridente que la consulta bloquea toda posibilidad de negociar algo con el PSOE. Es obvio que una consulta en estos términos, en que se obliga a los seguidores a elegir entre Iglesias y el diluvio universal, constituye una falta de respeto a la militancia.

A algunos nos ha venido a la mente aquel inefable referéndum que convocó Franco el 14 de diciembre de 1966 para ratificar la Ley Orgánica del Estado. También entonces la disyuntiva era risible puesto que se daba a elegir entre la maravilla del sistema dictatorial evolucionado y el abismo, indeterminado pero muy oscuro. El sí abrumador, que fue del 95,6%, no legitimó en absoluto al dictador ni a su régimen. Las grandes democracias nacidas bajo el impulso de la Revolución Francesa son parlamentarias. El referéndum, salvo en países de regímenes sofisticados como el suizo, es una institución desacreditada y declinante, que genera muchos más problemas de los que resuelve y que hay que mirar con extremo recelo la mayoría de las veces. Iglesias, que ya sometió a referéndum la compra de su propia casa, persiste en el error, un minuto antes de abismarse en la inanidad.