La ciudad en la distancia

MIQUEL NADAL

A nuestro pesar se avecina un tiempo de anuncios electorales y grandes enunciados sobre el futuro de la ciudad, cuando la nuestra está sobrada de luz y de belleza, y lo que se echa en falta son luces e inteligencia para no estropear lo que no necesita ningún retoque. Una semana fuera en una capital europea te permite comprender lo que dejas atrás, atenuar los defectos y también las virtudes, porque para comprender el perfil de la ciudad que deberíamos acometer, no hay mejor examen que el que se pasa a distancia. En verdad, yo estoy convencido de que hay que ser muy torpe para no sacar un aprobado justo sin esfuerzo alguno. Con sol, todas las variedades del color azul en el cielo, y una temperatura agradable, se resiste cualquier política municipal. Pero deberíamos exigirnos más como ciudadanos, y no limitarnos a una campaña que es local por el ámbito en el que se dirime pero no por los temas que deberían centrar nuestra mirada y exigirla a los candidatos. Para mí que más allá de este o aquel, ésta o aquélla, y las siglas en la batalla, hay cuatro grandes ámbitos que deberíamos discutir, con mayúsculas y con matices. En primer lugar, la movilidad. Que no es, ni por asomo, el carril-bici. Es el transporte público, es de qué forma incrementamos el olvido del coche. Son los accesos a la ciudad, del último cuarto de siglo XX. En segundo lugar, cómo renunciar al debate sobre lo que constituyó la ciudad y la libertad, el comercio, y la manera de conseguir que la ciudad, el centro y sus barrios, tengan vida y se puedan pasear con belleza, y que nuestras aceras no sean el pórtico de la franquicia y de suciedades varias. El comercio no es el debate sobre el descanso. El comercio es tener librerías, tiendas de flores y ultramarinos. En tercer lugar, deberíamos exigirnos un debate sobre los mecanismos necesarios para hacer más intensa la belleza de la ciudad, en el ornato público, en esa Gran Vía Marqués del Turia oscura, con la estatua de Don Teodor Llorente de una suciedad soviética, de república caucásica, en las placas de las calles, en la exigencia de que no todo valga, ni sea posible instalar cualquier clase de rótulo. Si queremos que nos respeten, es necesario comenzar por el respeto, de manera que todo nos dirija a una mejor ciudad, atractiva y con orgullo, desde el Museo Fallero hasta el Mercado Central. Y en cuarto lugar, de qué manera solucionamos definitivamente la fachada marítima, la conexión con la ciudad, y todas esas asignaturas pendientes que una y otra vez aplazamos a septiembre. Me he pasado seis días en un barrio de una ciudad con librerías, varios hornos, mercerías, droguerías, carnicerías, tiendas de arreglo de ropa, ferreterías, fontaneros, papelerías y quioscos, bares que iluminan la ciudad, gente por la calle. No debe ser tan difícil.