Ciencia y fe: de Pablo a Juan Pablo

Ciencia y fe:  de Pablo a Juan Pablo
STEFANO RELLANDINI / REUTERS

S e da hoy por sentado que no existe, ni debe existir, relación alguna entre la ciencia y el fenómeno religioso. Pues bien, para quienes así piensan ahí va un puñado de ejemplos sacados de la historia de la ciencia que reflejan cómo, precisamente, las creencias religiosas de grandes científicos han servido de impulso decisivo para que alcanzasen sus logros. Ejemplos que, por otra parte, muestran las bondades de una adecuada interrelación entre la teología y las ciencias.

Desde la predicación de Pablo de Tarso en el Areópago de Atenas vemos intentos por establecer un contacto armonioso con la antigua ciencia griega. Pese al abierto rechazo que encontró la idea de la resurrección de Jesús, fue muy significativa la conversión del sabio ateniense Dionisio el Areopagita, considerado santo y primer obispo de Atenas, cuyo nombre recibe hoy el paseo que sube a la Acrópolis por la colina del Areópago.

Durante la etapa más brillante de Alejandría, junto a la comunidad greco-egipcia hubo otra judeocristiana que, según Clemente de Alejandría, en el siglo II fundó un 'Didascalión' o escuela cristiana de sabiduría.

Es cierto que no siempre el cristianismo ha sido tolerante con la ciencia y con la filosofía clásica. Parece claro que en sus comienzos se opuso a la misma, tal vez por considerarla como un reflejo de la sociedad pagana donde se desarrollaba. Pero también lo es que muy pronto se tornó en neutral indiferencia, únicamente interrumpida por puntuales estallidos de intolerancia religiosa, como el que acabó con parte de la biblioteca de Alejandría.

Quienes pretenden limitar la influencia del fenómeno religioso en la ciencia, tienden a pasar de puntillas sobre la Edad Media, la Edad de Dios en las tres grandes religiones monoteístas. Con la excusa de la escasa o nula aportación al saber del 'oscuro medioevo', olvidan que durante los tres últimos siglos del periodo clásico la ciencia había entrado ya en una profunda crisis, no surgen grandes maestros y los discípulos carecen de su genialidad. Olvidan también el papel fundamental que juega la ciencia árabe, auténtica continuadora de la griega, y del lugar central que en la misma ocupa el islam, su religión. Como asimismo parecen ignorar la importancia de la labor recuperadora del saber clásico que llevan a cabo los benedictinos, San Isidoro y sus Etimologías, o Gilberto d'Aurillac, futuro papa Silvestre II, que difundió por toda Europa el saber árabe, la Escuela médica de Salerno adjunta al monasterio de Monte Casino, o la Escuela de traductores de Toledo donde en perfecta y ecuménica armonía colaboraban traductores árabes, judíos y cristianos.

Se llega así a la ciencia del Renacimiento, que tanto debe a la de la Edad Media pese a que la que desprecia abiertamente. En la misma siguen floreciendo clérigos y religiosos, como el cardenal Cusano que, con su 'docta ignorancia', advierte que la Tierra se mueve y no tiene porqué ser el centro del cosmos. Anticipo de otro hombre de iglesia, Nicolás Copérnico. No es casual que dedicara su 'De revolutionibus...' al papa Pablo III. Por no hablar del papel protector y de mecenazgo de altas dignidades de la Iglesia a tantos sabios y hombres de ciencia.

El mismo nacimiento de la ciencia moderna en el siglo XVII estuvo influenciado por los ideales cristianos, y aun el método experimental fue defendido teológicamente entre otros por Francis Bacon de Verulam. Por no hablar del 'Escolio general' que apareció en la segunda edición de los Principia de Newton, cuyo sistema del mundo utilizó la teología de entonces con el beneplácito y a la entera satisfacción del autor de la ley de la gravitación universal.

Las cosas, sin embargo, van a cambiar cuando la Ilustración imponga el conflicto en las relaciones entre la teología y la ciencia, introduciendo su agnosticismo o ateísmo en este último campo. Así, hasta llegar al positivismo que impone su ateísmo con pretensiones de rigor lógico-simbólico y de sistema epistemológico definitivo, considerando superada la teología y la metafísica por el estadio definitivo de lo positivo, con el consiguiente empobrecimiento de las ciencias.

Hay que esperar a la mitad de la pasada centuria para que otras corrientes epistemológicas, basadas en el análisis de la evolución histórica de las ciencias experimentales, superen definitivamente el positivismo lógico de la mano de autores como Kuhn o Popper. En este contexto, desde 1988 Juan Pablo II propondrá un diálogo abierto entre teología y ciencia que culminará en lo que se ha llamado la "Nueva visión romana" que, por otra parte, romperá también con el anterior modo de proceder vaticano de percibir la ciencia como sinónimo de 'ateísmo'.

Aunque papas como León XIII y Pío XII habían buscado ya conciliar ciencia y teología, es en realidad Juan Pablo II en sus años de sacerdote y obispo en Polonia, quien primero se interese por el diálogo con los hombres de ciencia, reconociendo la base científico-técnica del actual cambio cultural y defendiendo la necesaria autonomía de las ciencias.

La 'Nueva visión romana' propone continuar la reconciliación del mundo con Dios, así como las condiciones del diálogo entre la teología y la ciencia para que sea realmente útil. Condiciones que no son otras que el respeto mutuo, reconocer que se trata de disciplinas distintas que están llamadas a enriquecerse mutuamente, o la necesaria apertura mental para no imponer de antemano su desarrollo. En este contexto vienen trabajando en varias universidades investigadores especializados, haciendo buena aquella advertencia de Letamendi: 'el médico que solo medicina sabe ni siquiera medicina sabe'.