CICATRICES EN EL ALMA... FISCAL

ÁLVARO MOHORTE

Los vicios nunca vienen solos y, lo peor, es que muchas veces vienen en buena compañía. Si la historia de la literatura fuera una disco, se podría decir que hay autores que aparecen en la cara B del 'single'. Me explico: en un mundo musical dominado hoy por Spotify, quizás muchos no recuerden los hermosos vinilos que se enseñoreaban de los escaparates de Discocentro y otras tiendas de vinilos.

Cubiertas preciosas que en los 90 se sometieron al estrecho formato del CD y hoy se han disipado en el universo de lo digital. A los mayores de 30 años no hay que explicarles que aquellas quebradizas criaturas y sus hermanas pequeñas, los casetes, tenían dos caras. En la cara A figuraban los temazos que se suponía que tenían que dominar las listas de éxitos, las pistas de baile o, por los menos, catapultar al grupo a las carpetas de las quinceañeras. La cara B era para los restos, en opinión del productor.

Sin embargo, es esa segunda mitad la que muchas veces marca la diferencia. Sin ir más lejos, el 'Let it be' de los Beatles pareció un buen título para el LP, pero la canción en sí se relegó al tercer tema por la cola del álbum.

Mientras Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe o Gustavo Adolfo Bécquer figuran en los libros de texto como emblemas del romanticismo literario, en una esquina, al final de una enumeración, quizás caído en el último descarte para que cuadre el texto en la caja de la página, reside Thomas de Quincey (1785-1859).

Hombre difícil en el trato, el título de sus principales obras demuestran porque se cuenta entre los llamados malditos de la literatura: 'Confesiones de un inglés fumador de opio', 'Del asesinato como una de las bellas artes'... Sin embargo, esto no quiere decir que sus sentencias carezcan de interés.

Una de las más célebres es la que asegura que «si un hombre se deja tentar por un asesinato, poco después piensa que el robo no tiene importancia, y del robo pasa a la bebida y a no respetar los sábados, y de esto pasa a la negligencia de los modales y al abandono de sus deberes». Vamos, que se empieza en el homicidio y se termina comiendo con la boca abierta. Una declaración de principios.

Esta semana, la democracia española ha registrado el récord del ministro más breve de los últimos 40 años: Màxim Huerta, titular de Cultura por una semana. Su pecado ha sido resistirse a una sanción fiscal y perder en el intento. Quizás, haya personas que, sin compartir los colores del gobierno actual, vean esta falta como venial. Sin embargo, los partidos que respaldan al nuevo gobierno han puesto la barra en el salto de altura a tal nivel que no hay redención que valga para conseguir el perdón. Está claro que «donde las dan las toman», pero el puritanismo puede acabar sembrando de lapidaciones este honesto país de pecadores. Quien quiera ser ministro, que tire la primera piedra.

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