Chirigota y procesión

En Viernes Santo se perdona al traidor, aunque sea quien vendió a Cristo o quien negó conocerlo por miedo a ser criticado en Twitter

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Hay que reconocer que una campaña electoral en Carnavales tiene su punto cómico pero en Semana Santa tiene un margen de incoherencia mucho más divertido. Lo veremos en aquellos líderes que, de pronto, no solo se caen del caballo como San Pablo, sino que son quienes tumban al pobre equino en nombre de la fe que el Apóstol decía perseguir. O sea, que encabezan las procesiones como el más devoto de los cofrades.

Decidir entre ir a los oficios de Viernes Santo o al mitin de turno no es cualquier cosa. Habrá quien dirá que todo es propaganda. Y también de eso hay, sin duda. Pero al menos en Viernes Santo se perdona al traidor, aunque sea quien vendió por treinta monedas a Cristo o quien negó conocerlo por miedo a ser criticado en Twitter; en cambio, en un mitin, al traidorzuelo se le pone en la picota, se le somete a escarnio y se pide su defenestración. Están a años luz, por supuesto. Ahora bien, si lo vemos en clave de chirigota, con música trompetera de fondo, no hay discurso político que aguante la seriedad del auditorio. Pruébelo. Escoja el circunloquio más solemne que escuche estos días y ponga eco de comparsa gaditana. No hay programa electoral que lo resista. Suponiendo que haya programa, que ya es un suponer.

En estos tiempos de tanta acritud, es una pena que los asesores estilo 'Iván' no recomienden autoparodiarse en una comparsa carnavalesca igual que susurran lo bueno que resulta presentarse en un programa donde uno es entrevistado por unas hormigas. En el fondo a nuestros políticos les cuesta manifestar cierto sentido del humor. En especial, a los líderes actuales. Casado está más envarado que los lacayos encargados de abrir la puerta de Westminster cuando llega la reina. Rivera es tan grave que necesita acompañarse de Arrimadas para no parecer el malo de Harry Potter y Abascal es el Martillo de Thor, un líder vikingo siempre enfadado con el mundo, con los dioses y hasta con las nieves perpetuas de la tundra escandinava. Enfrente está Sánchez Decretator. Cualquier duda sobre su gestión es un afrenta a la Libertad así con mayúsculas y negrita. No es una crítica al político arribista y aprovechado sino una declaración de guerra a la señora que lleva la tricolor en nombre de la patria francesa guiando al pueblo en modo Femen avant-la-lettre. Cuestionar a Decretator es negar la Libertad. Antes muerto que sencillo. Junto a él, las voces cacareantes de Unidas Podemos, Compromís, ERC y otras chicas del montón. Todas ofendidísimas porque la población española es incapaz de ver que con ellas es bueno, bonito y barato andar por el camino de baldosas amarillas hasta llegar a Oz. Lo que sea Oz no lo sabemos muy bien, pero en Valencia ha resultado ser un exitus interruptus a juzgar por las bofetadas judiciales de Marzà, los problemas de la Sanidad heredados de Montón, los dependientes aún pendientes de Oltra y la invisibilidad de Transparencia, nunca mejor dicho.