Las charangas

Habrá algunas partes de la ciudad que estén saturadas pero Valencia en sí misma es una ZAS para el residente

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Hubo un tiempo en el que parecía que se habían acabado las novatadas en los colegios mayores, las bromas pesadas en las despedidas de soltero y los achuchones a las chicas en los tranvías. Eran cosas de otra época, y hasta de otro siglo. Sin embargo, muchas de las ordinarieces de antaño han vuelto y lo hacen renovadas. Una de ellas es la versión moderna de las pandillas gritonas que ponían en evidencia a los novios a punto de pasar por el altar. Empezamos con esa moda de los autobuses; las amigas, con pelucas y los amigos, megáfono en mano anunciando a todo el mundo quién era el inocente. Después, la horterada de colores chillones y accesorios con formas fálicas fue derivando en el concurso de disfraces kitsch que solo buscan ridiculizar al que se casa. Como si a estas alturas no fuera ya bastante ridículo gastarse un dineral en bodas cuya vigencia no pasa de los dos años. Algunos se separan sin haber terminado de pagar el convite.

Desde hace un tiempo, sin embargo, el estruendo ha ido in crescendo y no hay fin de semana en el que no nos encontremos de bruces, en los barrios ya de por sí saturados, con un novio, sus amigos y conocidos y, cerrando el pasacalle, una charanga. Poco importa que sea hora de siesta o entrada la noche. Ellos tienen bula en esta ciudad especialmente incómoda para el descanso donde el ruido se persigue sin demasiada convicción. Valencia es ruidosa en el mejor -con la sinfonía de la pólvora controlada y anunciada- y en el peor sentido de la palabra. Aquí puede sonar una pachanga, una traca, un taladro o un teclado con o sin cabra en cualquier momento y sin encomendarse a Dios ni al diablo. Puede pasar una Harley que se escucha hasta en el ático del piso 15 o un coche con música makinorra que despierta a los gorriones posados en la espadaña del Miguelete. Habrá algunas partes de la ciudad que estén saturadas pero Valencia en sí misma es una ZAS para el residente. Es el problema de la 'gentrificación', ese fenómeno que se ha vivido en El Carmen y, ahora, en Russafa. Algunos vecinos, como servidora, contamos las horas que tardará en ponerse de moda otro barrio y desplazará a la plaga de visitantes que causan más molestias que riqueza. Al menos, por su desproporción. Cuando se produce ese proceso, el comercio de siempre se extingue y los bajos acaban convertidos en bares y locales de ocio. Es cierto que ser el barrio 'cool' ayuda a rehabilitarlo, a mimarlo y a dotarlo de servicios pero lo convierte en un parque temático del ocio. Eso hace huir al vecino que busca un espacio para vivir y no solo para consumir. Ahuyenta al pequeño comercio, harto de los destrozos, de las aceras llenas de restos de las borracheras y de que la vida comience a las ocho de la tarde. La charanga no es más que la banda sonora del declive cívico. Pero la recuperación de esos barrios requiere, antes que nada, que apaguen el estruendo. Al menos, para poder hablar.

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