Cerca del cielo

Cerca del cielo
j. monzo
SARI PERIS CONSULTORA DE COMUNICACIÓN

Querido Papa Francisco, te escribo desde mi habitación en el último piso (del hospital), cerca del cielo...». Así comenzaba una carta al Papa de Marco Panella, político y periodista italiano, histórico dirigente del partido de los Radicales Italianos. Era unos días antes de fallecer, en mayo del 2016. Al final le confesaba: «Tengo en mi mano la cruz que llevaba monseñor Romero y no consigo alejarme de ella... Te quiere bien, de verdad, tu amigo Marco».

Cielo, cruz. Consuelos en los últimos momentos de un hombre que decía de sí mismo haber estado muy lejos de la Iglesia, de una Iglesia que no comprendía, que no consideraba suya. Cielo, cruz. Las dos realidades centrales de lo que los cristianos llamamos tradicionalmente Semana Santa. Días en los que hacemos presente de modo especial el Cielo y la Cruz.

El Cielo. Porque Jesús, al morir en la Cruz, nos ha abierto el camino hacia el Cielo. Cielo que estaba cerrado, que cerramos, cada vez que el hombre se pone en el lugar de Dios, que eso es lo que Jesús dijo que es el pecado. Cielo. Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido, dice Pablo de Tarso -también enemigo de la Iglesia en su juventud-, lo que Dios tiene preparado a los que le aman. Como luz, satisfacción cumplida, gozo eterno, dicha consumada, felicidad perfecta, lo describirá Tomás de Aquino.

Cruz, en una cruz está Jesús. Se llamó Hijo de Dios y por eso lo crucificaron. Soy el Camino, la Verdad y la Vida, dirá a quienes le escuchaban y le escuchan. Cruz, dolor de Jesucristo. No hay dolor como su dolor: insultos, abandono, mentiras, traición y azotes en todo el cuerpo, espinas en su cabeza, sangre, muerte de cruz.

Cogerse a la cruz de Jesucristo. Besarla, como haría Marco Panella, que ya se sentía cerca del cielo. Para entender por qué la cruz. Para acompañarnos, para no dejarnos solos, para que el sufrmiento sea camino hacia el cielo. Para que no haya desesperación. Aunque sea mucho el dolor. Porque ha dicho que hay cielo, para cada uno, para quien le ame, con quienes amamos. Con libertad. Alegría porque después del dolor, llega la alegría, si se ha cogido la cruz. Porque en el dolor, que ya tiene sentido, en el que no estamos solos, hay alegría. Ya todo dolor, por la Cruz, es como el de la madre que da a luz. La cruz, el dolor, un tiempo, la muerte, un paso. Luego, el cielo es para siempre.

«No te rindas -exclamaba un poeta italiano-, aún estas a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo, aceptar tus sombras, enterrar tus miedos, liberar el lastre, retomar el vuelo, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo» (Mario Benedetti, homónimo del poeta uruguayo). ¿Y Jesucristo en la cruz, con la cruz en esta sociedad multicultural, multirreligiosa, global, agnóstica? Un referente, un principio de unidad, una fuente de sabiduría, un ejemplo de caridad. La respuesta al anhelo más íntimo, a lo insaciable, al deseo más fuerte.

¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros le hemos matado!, exclamaba el loco en la obra de Nietzche. Sin embargo, al final de sus días escribía unos versos al Dios -llamaba- desconocido: «Vuelve a mí, ¡al último solitario! Mis lágrimas, a torrentes, discurren en cauce hacia Ti, y encienden en mí el fuego de mi corazón por Ti. ¡Oh, vuelve, mi Dios desconocido! Mi dolor, mi última suerte, ¡mi felicidad!».

Jesucristo, para comprender a Dios y comprender el mundo, para comprenderse; para saberse querido siempre, y para poder amar para siempre. Como El. Sin traiciones. De la cruz al cielo. Eso le prometió Jesús al ladrón que estaba crucificado a su derecha. Hoy estarás conmigo en el cielo. Y a los demás: Voy a prepararos un lugar. Y vendré para llevaros conmigo. Estaréis donde yo esté.

La tierra, el tiempo, camino hacia el cielo donde Dios enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque esas cosas habrán dejado de existir. En el cielo. Sin desgarrones, sin esperas, sin traiciones. Sin límites, para todos. Donde todo será amor, con quienes amamos, con todo el corazón. Donde por fin, hablaremos de tú a tú con Dios porque, en palabras de Antonio Machado, quien habla solo espera hablar a Dios un día.