Cena con niño

Existía antiguamente la figura del canguro, la chica joven que se quedaba con los hijos, pero se ve que eso ya no se lleva

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Terraza de verano en Denia, junto al mar, 21 horas, noche espléndida, vista espectacular, compañía inmejorable. El servicio, como tristemente suele ser habitual en esta parte de España, deplorable, con prisas más propias de un desalojo de vivienda por ruina inminente que de una atención personalizada. Aún no habíamos acabado de sentarnos y saludarnos y un ajetreado camarero ya nos estaba preguntando si queríamos «pan con all i oli», a lo cual le contesté que lo que de momento me interesaba era tranquilidad para encontrarme a mí mismo, aunque creo que no me entendió. Bien, la situación se recompone, llegan las bebidas, pedimos algo para compartir y en esto que aparece en el restaurante una pareja treintañera con una niña de unos dos o tres años, él con las inevitables bermudas de uniforme, sandalias de pescador y camiseta, y ella más elegante, con un vestido negro y permanentemente pegada al móvil. Aunque llevan un cochecito para la cría, se ha bajado y va suelta por el local, correteando y jugando, armando jaleo, como es lógico teniendo en cuenta su edad. Papi parece muy divertido con todo aquello, mientras mami se dedica a mandar mensajes de voz por el teléfono y a inmortalizar con la cámara el momento en que sientan a la criatura a la mesa. La operación va acompañada de la instalación de una tablet frente a la menor para que con los dibujos animados se distraiga mientras papi y mami... ¿hablan? nooooo, ¿discuten?, tampoco, ¿entonces?, pues miran sus respectivos móviles, muy serios, muy concentrados. Al poco, la niña se ha cansado (natural) y empieza a berrear, así que su progenitor decide traspasarle su propio teléfono para que su hija -insisto, dos o tres años- trastee con el aparatito de marras. Llegado a ese punto, empiezo a dudar entre llamar al Defensor del menor o a una banda de albano-kosovares. La involuntaria protagonista de esta historia (ella no tiene culpa de nada) también se cansa del móvil, por lo que a papá enrollado no le queda más remedio que ponerse a hacer gracias para que no repita el episodio llanto desesperado propio de quien reclama estar en su casa a esas horas de la noche. Yo recuerdo que antiguamente existía la figura del canguro, una chica joven a la que se recurría para que se quedara con el hijo o los hijos mientras los padres salían a cenar pero se ve que esto ya no se lleva, tal vez porque cuesta dinero, o porque papi y mami no se fían de nadie, o porque no conocen ni al Tato y no saben a quién llamar, o porque es que nuestra hijita es muy especial y no aceptaría quedarse con una desconocida. El caso es que hay papás modernos que han encontrado la solución a su problema, llevarse la niña puesta aunque tenga dos o tres años y moleste al resto de comensales. Y ¡ay de ti como se te ocurra protestar!, quedarás como un cascarrabias y un insensible que no tiene consideración con los derechos de la infancia. Pues nada, a cenar con niño se ha dicho.