Los caza- inmigrantes

Trump no echará a millones de indocumentados y se olvidará del asunto en cuanto sea reelegido o derrotado

ENRIQUE VÁZQUEZ

Bajo un cierto punto de vista muy defendible la coherencia de un político entre lo que predica y lo que hace cuando gobierna es digna de elogio y lo es también la apreciación del ciudadano votante, que sabe distinguir muy bien entre lo que se piensa, se desea, se propone, se camufla o se olvida.

El dúo Trump-Pence no son una excepción y su decisión de abordar todo lo aparatosamente que se pueda la expulsión de inmigrantes ilegales de los Estados Unidos es, según la versión oficial, la de cumplir sencillamente con la ley: en USA hay tantos que ha llegado la hora y se han puesto en marcha redadas masivas para ver de neutralizar a unos diez millones de clandestinos. Los mencionados e inspirados líderes saben mejor que nadie que la operación fracasará entre otras razones, si no la principal, porque no hay un consenso nacional tan amplio como indispensable en un asunto como éste.

Hay que añadir las dificultades técnico-jurídicas que rodean el experimento, probado tantas veces en el pasado en operaciones formalmente mucho más pequeñas. Parece que en el corazón profundo y en la conciencia de fondo del americano medio aún anidan las resonancias de los antepasados de una gran parte de ellos y a veces de la mayoría abrumadora, cuando se apreciaba la llegada masiva de pobres en busca de un futuro más decente, el sueño que formó la conciencia moral del país, donde hay cientos de presidentes, diputados, premios Nobel y celebridades con apellidos europeos y asiáticos.

El propio Trump es nieto de inmigrantes llegados de Escocia y de Alemania a finales del XIX y que se abrieron camino muy bien trabajando duro, a veces en actividades muy poco edificantes, y poniendo los cimientos de lo que las dos generaciones posteriores agrandarían hasta crear un imperio de negocios de todas clases, con aguda preferencia por los asuntos inmobiliarios.

Así las cosas, la gestión del viejo problema en manos del dúo Trump-Pence, su súbita irrupción en el escenario político-social con un calendario minuciosamente sopesado por los asesores de ambos es sobre todo una decisión burdamente vinculable al tono ya casi abiertamente preelectoral, lo que da un barniz particularmente deplorable y oportunista a la iniciativa.

El asunto, con todo, no será la estrella de la campaña electoral, empezada de hecho y fuertemente animada por la competición saludablemente abierta en el campo demócrata. Ambas opciones saben, por lo demás, que la inmigración, sus problemas y su súbita irrupción en la vida social y política del país son conformes a una especie de necesidad artificial de traerlo a colación a sabiendas de que todo seguirá más o menos igual. El lector benévolo puede estar tranquilo: Trump no echará a millones de indocumentados y se olvidará del asunto en cuanto sea reelegido o derrotado.