No cayó el que esperábamos

El dueño ejerció de dueño y a los empleados no les queda más que acatar, trabajar y proponer otras alternativas

No cayó el que esperábamos
FERNANDO GÓMEZ

Señores, amigos valencianistas, me cuesta mucho glosar en tan pocas palabras, en tan solo un artículo, todo lo que opino y siento tras lo ocurrido con Marcelino García Toral hace un par de días. Y, sin embargo, tomando como referencia pronunciamientos del lenguaje español, tan rico y sugerente, podría simplemente seguir lo que se interpreta de varias de sus frases e ideas. Tales como «lo que mal empieza, mal acaba» o la expresión «quien paga, manda» o algunas más que, como digo, servirían de un consistente punto de partida sobre el que cimentar mi argumentación. Pero esperaré, esto todavía no ha terminado, o al menos eso creemos todos y cada uno de los que seguimos esta historia con atención e interés.

Valoraremos los acontecimientos por orden cronológico y, como sabéis también, no esconderé mi reflexión. Creo recordar que, tras los éxitos cosechados la temporada pasada, campeones de la Copa del Rey y cuartos en liga por segundo año consecutivo, Marcelino y su equipo cambiaron a Neto por Cillessen y trajeron a Maxi Gómez. Todo OK, hasta por parte del propietario, que consintió sin rechistar, y aceptó comprar a Maxi por 14 millones más 2 en objetivos, la cesión de Jorge Sáenz por dos temporadas y Santi Mina (gratis). Vuelven Ferran y Kangin Lee de sus respectivas competiciones internacionales de sus respectivas categorías, siendo nombrados mejores jugadores del campeonato, uno a nivel europeo y otro a nivel mundial. Y el dueño dice que no a Rafinha, pero antes sí a Denis. No se llegó a un acuerdo por Denis y no se consintió el fichaje o la cesión del hijo de Mazinho, por dudas en su físico y por no taponar la progresión de los anteriores jugadores nombrados. Hay quien dice que lo hace para que después de completada su progresión, venderlos y rentabilizar su inversión. Primero, tendremos que recordar que quien recibe el dinero es el Valencia, no Lim, y segundo, no he visto yo que el dueño haya traspasado a Gayà o Soler después de su fantástica progresión. No entiendo de dónde deducimos algo que es falso, por el momento y, además, perjudica tanto la imagen de nuestro club, polemizada y dramatizada también por deducciones interesadas.

Regresa Mateu de Singapur, filtra a sus amigos periodistas la situación de desacuerdo en materia deportiva y se monta la mundial por nada. Sí señores, por nada. El dueño ejerció de dueño y los empleados a acatar, trabajar y proponer otras alternativas. Todo pareció arreglarse y Mateu no cayó. Y llegó lo de Rodrigo. 60 millones de euros por un jugador de más de 28 años. Yo lo hubiese vendido también. Pero el egoísmo nos hace trabajar sin perspectiva. Y comenzaron otra vez las desavenencias. Pero esta vez ya, por parte del entrenador también, y a nivel público. Y Rodrigo, cuyo caso evidentemente reconozco fue muy mal gestionado, no se fue. Y, en lugar de tratar de reconducir el conflicto, tras el final de la ventana veraniega para fichajes, y sin que Rodrigo se hubiese ido, Marcelino no dio un paso atrás. Ya dije yo que no me gustaba el tono de sus manifestaciones. Podía todo desembocar en algo que no queríamos, al menos yo, en algo que provocase su destitución. Y ha llegado. Las razones, evidente y lógicamente no deportivas, fueron y han sido estrictamente personales. Y seguramente por más motivos que no sabemos y quizá nunca sabremos. Ellos, los de allá, nunca hablan de esto, ejecutan y a otra cosa.

No quería el cese de Marcelino, yo deseaba que se rebajase tensión, se limitaran responsabilidades y se aceptara la convivencia, pero unos no supieron aguantar y los otros no supieron perdonar.

Y queridos amigos míos, recuerden siempre que los clubes funcionan como ahora funciona el Valencia, no como quería la doble M que funcionara. La no aceptación del fichaje de Rafinha y la posible venta de Rodrigo en el tramo final de mercado, trajo consigo una reacción desmedida e inaceptable de la doble M, haciendo además publicidad de sus contratiempos y, con ello, el cabreo del dueño, que ejecutó la sentencia.