Los que cavan

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Superada cierta edad no me parece demasiado oportuno dejarse regir por la férrea armadura de las ideologías. Al crecer, en principio, abandonas la sensiblería acartonada para que el tono práctico de la vida te vaya empapando. Cuando te inicias en el mercado laboral de joven lo de los impuestos te suena a fantasía ficción. ¿Cómo? ¿Tengo que pagar una soberbia tajada de mis ganancias al Estado para que este lo despilfarre en subvenciones y otras sandeces?

Este primer escándalo desaparece cuando la rutina de las cuchilladas se instalan con la fiereza de un cocodrilo centenario en tus bolsillos. Pero vivimos en una sociedad que sigue asombrándome... Se le ocurre a la nueva jefa de las tierras mesetarias rebajar un poco el nivel de la dentellada y los de otras zonas, de otro partido, claro, claman contra esta maquinación que, según ellos, no es sino un desacato. Hombre, pues ya me gustaría que nuestro líder valenciano, Ximo I según fray Fuset, imitase la caritativa acción. Uno no acaba de asimilar la asociación que esgrimen entre bajada de impuestos y automática mengua de nuestro bienestar. Bastaría con gestionar mejor, optimizar los medios disponibles y no abrir la mano con tanta largueza. No olvido la frase del personaje de Eastwood en «El bueno, el feo y el malo», esa de «El mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan. Tú cavas.» El mundo de hoy se divide entre los que cavamos, o sea los que pagamos impuestos sin pausa, y los que apenas sueltan mosca impositiva o se benefician de ella vía sopa boba. Los del pico y la pala, en general autónomos, entendemos nuestra necesaria contribución pero no le haríamos ascos a una merma. Pero los que cobran del dinero público esto jamás lo comprenderán. Sujetan el revólver y encima nos miran con superioridad moral.