Cateto al cuadrado

Antonio Badillo
ANTONIO BADILLOValencia

Avanza el lechuguino flotando sobre una nube de decibelios, la ventanilla bien baja para que ningún dique contenga su vertido tóxico; ese alarido aflamencado que taladra tímpanos desde los altavoces del buga cuidadosamente tuneado. Por su aspecto y proceder, deduzco que debió de quedar atrapado en el estribillo del 'Saca el güisqui cheli', y ahí que va el gachó bajando mismamente por la calle Mayor, dejando al personal como un pasmo. Dos semáforos junto a él establecen los límites de mi paciencia. Si el próximo me lo salto no será culpa mía, señor agente, sino del lechuguino. O del verano, que el garrulo es fruta de temporada como la sandía. Me avinagran esas personas que jamás se detienen a pensar si su actividad molesta al prójimo. El que habla a gritos, el ensimismado que susurra aunque sepa que no le oyes o el charlatán que oye pero no escucha. El dueño de la maldita pantalla de móvil que profana la sala de cine. La dominguera de gimnasio que se pone a chatear mientras ocupa el aparato que tú querrías usar. El conductor que detiene al runner en pleno esfuerzo para preguntarle cómo se va al puerto deportivo de La Pobla de Farnals. Los que implantan la religión islámica en las aulas pero reprimen la católica, hacen ascos a la Navidad mientras celebran el año nuevo chino o pisotearían tu bandera envueltos en la suya. El que atraviesa la vida corriendo, a empellones y pasado de rosca como aquellos vinilos que chirriaban a 45 revoluciones, y el huevón que te impide avanzar. Aprovechando que la selectividad aún está fresca, podemos buscar solución a este embrollo empíricamente inspirado en hechos reales desde las dos ramas del conocimiento. Si optamos por el arabesco de las letras, refrendaremos el aserto rousseauniano según el cual el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe. Vamos, un 'mejor solo que mal acompañado' tamizado por la engolada prosa del filósofo. Por el contrario, quien recurra a la pragmática línea recta de las ciencias encontrará en Pitágoras la llave del enigma. Nuestro mundo no es más que una inmensa hipotenusa, es decir, el resultado de una suma de catetos.