Cataluña

CÉSAR GAVELA

En los años 60 y 70 del siglo pasado, Cataluña era un lugar muy admirado en el resto de España. El 'Principat' era nuestro 'hermano mayor' y estábamos orgullosos de él. Un ejemplo de este sentimiento, uno más, era el entusiasmo que despertaban por toda la nación los cantantes catalanes, baleares y valencianos de la 'nova cançó'. Joan Manuel Serrat, Raimon, Pi de la Serra, María del Mar Bonet, Xavier Ribalta, Lluis Llach y muchos otros artistas, eran reconocidos y escuchados en todos los entornos diríamos progresistas de aquel tiempo. Desde los despachos de abogados laboralistas hasta las aulas universitarias, las galerías de arte o los bares contestatarios. En todos esos lugares los españoles no catalanes teníamos por propios a aquellos músicos que nos hacían pensar, soñar y disfrutar con sus letras y sus melodías. Que cantábamos en catalán sin entender bien su mensaje. Pero felices de contactar así con un idioma que nunca podríamos sentir ajeno.

Ellos, junto a tantos intelectuales, escritores, artistas plásticos, actores y otras muchas personas, eran los embajadores de Cataluña en el resto de España. La punta de lanza de tantas otras iniciativas que desde la memoria y la imaginación brotaban constantemente en la más europeizada región de todo el estado. La más moderna, activa y cosmopolita. Ese sentimiento, que era general, porque también participaban de él muchas personas ajenas a la cultura, personas del mundo del comercio, la industria, la administración y de otros quehaceres, era un gran patrimonio inmaterial que Cataluña había ido extendiendo a toda España. Por eso, en cuanto podíamos, y aunque no podíamos mucho, nos íbamos a Barcelona a pasar unos días para disfrutar de sus grandes librerías, de sus teatros, de sus barrios y ambientes tan diversos y de su aura abierta y creativa.

Los catalanes, entonces, eran muy conscientes no solo de su nivel cívico y cultural y de su internacionalismo, sino también de su responsabilidad histórica de ser la locomotora que tirara de las demás regiones de España. La máquina de la modernización y del compromiso con las libertades públicas. El motor de la esperanza. Era aquella una dinámica valiosa y fraterna. Pues bien, aquel sentimiento de tantos españoles, catalanes o no, se ha roto en buena parte después de cuarenta años de autonomía, en los que demasiadas veces el sectarismo nacionalista ha ido derribando puentes y enrareciendo la convivencia hasta colocar a Cataluña en un aparente callejón sin salida.

Aparente porque hay salida: dejar de vivir de espaldas, dar un paso hacia la verdad, la cordialidad y el recíproco interés por 'el otro'. Puede pensarse que se trata de un planteamiento buenista y anacrónico, pero es el único que nos sacará del abismo donde nos han llevado los políticos más insensatos que ha padecido y padece España desde el final de la dictadura.