CASTIGAR EL FULGOR

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La adolescente narraba sus desdichas desde la monotonía de un parte médico repetido demasiadas veces. No había en sus palabras anhelos vengativos, sólo constataba una realidad de pesadilla que la perseguía pegada contra su cuerpo. En su voz se agazapaba el dolor, no sólo el físico, sino el que te sacude cuando la violencia que recibes es absolutamente gratuita, bestial, incomprensible. La adolescente mantenía firme la vista hacia el objetivo de la cámara mientras desgranaba las torturas infligidas por una parte de sus compañeras de las aulas. Palizas, insultos, golpes. ¿A qué se debía tanta agresividad? Pues a sus excelentes calificaciones y a su pensamiento brillante. No es la única estudiante que acusa las bofetadas de los compañeros por su valía intelectual. La masa suele maltratar a los que lucen cráneo privilegiado porque, inmersos en su ignorancia, les enfada esa superioridad que evidencia su mediocridad. No importa que la persona de talento adopte actitud humilde, incluso es peor pues confunden esa humildad con el miedo y en ese caso aumentan las agresiones. La sociedad española, y lo digo porque este comportamiento no lo he observado en países anglos ni tampoco en Francia, castiga a los que desprenden fulgor de neuronas. Lo que acontece con tanta frecuencia en nuestras aulas no es sino el reflejo de la sociedad. Los adolescentes desprecian al empollón, o sea al que se esfuerza y consigue el premio, porque sus mayores suelen despreciar a los que triunfan en sus respectivos campos y cosechan pingües beneficios. Es el eterno odio al rico que conquistó su riqueza en buena lid. «Que paguen los ricos», cacarean los frustrados para justificar cualquier subida de impuestos. No, sí ya pagan, y mucho. Lo malo es que no hay bastantes ricos para tanto gasto y al final esquilmarán a los poca ropa.