CASTELLANO PERSEGUIDO

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Las lenguas regionales o locales son una riqueza cultural y antropológica en un país plural como es España. Pero también pueden ser la herramienta que de un modo perverso y bajo engaño utilizan los nacionalismos periféricos para acelerar su incansable labor de desgaste del Estado, principio y fin de su ideario. Es así como con la excusa de introducir un programa experimental de enseñanza exclusiva en valenciano y en inglés, en algunos colegios de la Comunitat Valenciana el castellano desaparece por completo en Infantil. ¿Es normal que en un colegio de una autonomía española no se estudie el castellano -o español-, que es la lengua común de todos los nacionales? ¿Es razonable que esto se haga en un país que recibe a un buen número de inmigrantes procedentes de Latinoamérica y que llegan con la ventaja y hasta el alivio de poder emplear su lengua de nacimiento? No, evidentemente no lo es. Como tampoco resulta admisible que en algunas localidades turísticas toda la cartelería del municipio se rotule exclusivamente en valenciano, aunque sea el idioma más usado entre los habitantes de la comarca. O que la denominación oficial de Valencia haya pasado a ser València, excluyendo el término en castellano, despreciando no sólo la historia sino la realidad sociológica de la tercera ciudad española. O que se pretenda introducir un «requisito lingüístico» que una vez más viene a romper la igualdad de los españoles, porque mientras un valenciano puede presentarse sin problemas a una oposición en Castilla-La Mancha, un castellano manchego parte con una evidente desventaja si aspira a hacer lo propio en una convocatoria de la Generalitat. Nada de todo ello obedece ni a lo que podríamos entender como normalidad lingüística (dos lenguas al mismo nivel) ni desde luego responde a las necesidades e inquietudes de la mayoría de los ciudadanos. Como tampoco a una legalidad que establece la cooficialidad de las lenguas, no la imposición de una sobre la otra. La explicación de esta catarata de pequeñas medidas y reformas impulsadas por el nacionalismo -con la colaboración de la izquierda- tanto en la Generalitat como en los ayuntamientos y organismos públicos que controla hay que buscarla en la ideología, en el afán diferenciador que se ha instalado en muchas comunidades autónomas y que al cabo de décadas de paciente e incansable construcción de un proyecto 'nacional' ha acabado por explotar en Cataluña, de tal forma que parece imposible de reconducir. No es la promoción o la defensa del valenciano (o el catalán, el gallego o el euskera) lo que se persigue, sino el progresivo debilitamiento del castellano, al que se identifica como la lengua de un imperio invasor. Esa es la verdadera intención del nacionalismo.