Carta abierta a Plácido Domingo

Carta abierta a  Plácido Domingo
m. molines

uerido Plácido:

¡Vaya veranito de turbado sosiego! Cuando más necesito descansar tras un curso intenso de trabajo, más se mueve mi hamaca; pero no con balanceo de dulce compás, sino convulsionada por noticias como la carne mechada que destroza estómagos, o los incendios que arrasan parajes. Sí, es verdad que siempre pasa algo. En cualquier caso, con lo que no contaba -debo reconocerlo-es con los pérfidos y viejos chismes que intentan hacerte daño, y que casi vuelcan mi estival columpio valenciano.

Pido a Dios todos los días mejore la torpe memoria que poseo, pues me cuesta a veces demasiado recordar las letras de las canciones que entono. Y le ruego lo haga, si es posible, con tanto o más acierto como lo ha hecho con esa cantante, que de repente es capaz de recordar una experiencia que dice haber vivido contigo un día hace 30 años. Dios mío, ¿Por qué a unas les das tanto, y a otros nos tienes abandonados?

¡Hay que ver, Plácido, qué cosas 'dice recordar' de repente esta colega! Yo, que alguna vez compartí modestamente escenario contigo en Valencia, precisamente hace 30 años o alguno más, esa es de las cosas maravillosas que nunca he olvidado. Y además te confieso que es objeto preferente de mis más fardonas y cacareadas vivencias. Quedé tan gratamente alucinado que soy incapaz de acordarme quién pagó las cañas y la cenita tras el espectáculo. Y por supuesto se me habría olvidado cualquier mal modo, que ya te digo que no tuvo lugar.

Y digo esto con respecto a nuestra colega, no solo por los 30 años que han pasado, -pues ciertamente la providencia divina es capaz de hacer recobrar la más apagada de las memorias,- sino porque todos vemos de quién viene la cosa... y a quién va dirigida. Y, claro: la cosa 'canta'.

Y además, y sobre todo, porque los que te conocemos, los que te hemos seguido desde siempre, con independencia de tus excepcionales dotes vocales y musicales en general, sabemos de tus también extraordinarias cualidades humanas, que, si me permites, voy a intentar resumir para que nadie se despiste.

Al igual que hoy, hace 30 años recuerdo que eras un hombre jovial de simpatía arrolladora, dotado de un don de gentes extraordinario, y de un atractivo personal sublime; un caballero, un galán respetuoso y generoso, siempre disfrutando de la vida y haciendo el bien a los demás. Ídolo y seductor, y al propio tiempo un trabajador incansable, para llegar a ser un profesional del más altísimo nivel. Eras en aquel momento el mejor tenor del mundo, aclamado y perseguido por tus admiradores. Todos comprenderán que no necesitabas nada más que no tuvieras.

Incapaz de hacerle mal a nadie, y mucho menos de extorsionar, que en el fondo es de lo que te acusa torpemente y sin pruebas en la prensa, la que acaba de curarse de la memoria.

Puede que este mal rollo sea un intento de ganar publicidad por parte de una colega, -o mejor de una excolega, porque ahora dicen se dedica al asunto inmobiliario- que quizá le venga bien para mejorar sus ventas. Sea por eso, o por cualquier otro motivo, al conceder esta entrevista, la nueva API quizá haya cometido la torpeza de su vida, pues esa vetusta felonía, o esa repentina falacia -lo cual sería peor-, puede causarte de manera injusta un daño desproporcionado a ti y a tu excelsa carrera profesional. En su conciencia quede impregnada tal evacuación.

¡Menos mal que confiesa admirarte! Y es que realmente hay amores que matan. Pero tú sabes, Plácido, que las sociedades y las civilizaciones las engrandecen gentes íntegras y enormes como tú. Y otros, os necesitan. A mí me da que esta cantante que dice haberte admirado tanto, pero de repente no tanto, desafinaba ya un montón hace 30 años. Tú no lo dirás porque eres un caballero, y profesas gran respeto hacia todos nosotros. Pero es que el que desafina en el escenario, desafina también fuera de él.

Querido Plácido, te ruego sigas brillando como siempre. Te ruego sigas trabajando, y haciéndonos felices a los que te escuchamos. Te ruego sigas brindando tantas glorias a la propia música. Y te ruego sigas paseando el nombre de España por lo más alto. Te necesitamos.

Y necesito decirles a los que intentan dañarte, mientras aún recogen la baba que se les cayó cuando junto a ti estuvieron, que en vano intentan derribar el árbol que tú hiciste crecer, porque está sano y dispone de ramas fornidas y frutos sabrosos. Si al moverlo cae algo de hojarasca, que la recojan si es que se dignan, y se queden con ella para recordar algún día que deberían pedirte perdón, y dar gracias a Dios por haberte conocido.

Yo, mientras tanto, desde Benicasim, sigo queriendo curarme de la memoria para recordar las letras de mis arias y canciones; y también para mantener vivas las cosas bellas de la vida. Y no para otras cosas.

Con mi admiración, y respeto de siempre, recibe un caluroso abrazo.