Carnet de mantero

El problema fundamental es para los comercios que se someten a tasas, permisos y revisiones municipales

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Legalizar lo que por sí mismo es ilegal. Ese es el dilema con el que se encuentra cualquier ayuntamiento dispuesto a regularizar a los 'manteros'. El top manta es, aparentemente, espontáneo y bohemio, pero en realidad es un ejercicio comercial no sometido a las normas del comercio. No es un mercado fijo ni un mercadillo estacional. No es una tienda establecida ni un puesto portátil. Es un vendedor que gana dinero al margen del sistema que lo regula. Es cierto, como dice el Ayuntamiento de Valencia, que en ocasiones se trata de artesanos que, por ejemplo, hacen figuras con latas de refresco o con alambre. Sin embargo, mercadillos artesanos hay en los paseos marítimos de cualquier localidad costera durante el verano y no por eso dejan de tener sus papeles en regla.

El problema fundamental es para los comercios que se someten a tasas, permisos y revisiones municipales. También para el cliente aunque tenga la sensación de comprar chollos con bolsos de imitación. Tal vez, pero además de alimentar a las mafias, la compra fuera del sistema deja al comprador a la intemperie, sin las garantías que aquel le proporciona. No hay control, no hay posibilidad de reclamar ni opciones de acogerse a arbitrajes. Sin embargo, entre algunos ayuntamientos existe la creencia de que permitir el top manta ayuda a los vendedores. En ese caso, nadie plantea la existencia de grupos de presión, de redes de extorsión o de comportamientos mafiosos de quienes controlan el negocio. Son los más vulnerables porque están en situación de irregularidad y no tienen opciones de ganarse el sustento pero precisamente por eso promover cualquier actividad comercial ilícita les deja en manos de las organizaciones que se aprovechan de ellos. La regularización, sin embargo, no deja de ser una solución extraña. Si venden por la calle, deben someterse a las mismas normas que el resto de comerciantes itinerantes. Si no, no resulta fácil explicarle a uno que vende telas en un mercadillo municipal que su situación es diferente a la del recién llegado.

La tendencia no es nueva. Es aquella que trata de proteger a quien no se acoge a la norma para no someterse a sus exigencias pero quiere disfrutar de sus beneficios. Sucede con la cobertura legal a las parejas de hecho o a los okupas. La paradoja viene del intento por regularizar una convivencia o una okupación que se ha establecido sobre la base de la ausencia de norma. ¡Están desprotegidos!, dicen algunos. En efecto. Quienes prefieren la pareja de hecho al matrimonio, o una vivienda ajena sin permiso, optan por renunciar a una protección legal a cambio de no someterse a sus exigencias. Ahora se nos plantea de nuevo esa situación: crear un estatuto para el mantero es convertirlo en vendedor ambulante. Eso ya existe. Cualquier otra cosa tiene difícil encaje porque resulta injusto hacia quienes se someten a los requisitos que marcan las propias autoridades.

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