Carmen Alborch

CÉSAR GAVELA

Carmen tiene luz, libertad y pasión. Pero no solo por eso es merecedora de la Alta Distinción de la Generalitat Valenciana. Sino por su trayectoria rica, intensa y fructífera. Carmen Alborch Bataller, que nació en el otoño de 1947 en Castelló de Rugat, que procede de las tierras más raigales de esta comunidad, labró una vida distinta a la que se esperaba de ella. Y lo que se esperaba de ella era que fuese una buena profesora universitaria, que lo fue, y que tuviera unos hijos y unas cosas generales que todo el mundo más o menos tiene. Y ser, a la vez, una mujer que amaba la cultura, y que vivió ese amor, sobre todo en el campo de las artes plásticas.

Pero Carmen fue mucho más lejos, y lo hizo con un estilo propio, muy personal. No solo fue una de las primeras decanas de facultad de toda España, sino que fue la única que iba a clase con unos sensacionales trajes ibicencos, blancos, que resaltaban su fisonomía tan profundamente mediterránea. En aquellos tiempos, cuando yo la conocí, un día le dije de bromas que parecía la novia más guapa que pudiera tener Gadafi. Cuando Gadafi todavía era un pequeño mito revolucionario para los jóvenes progres de Occidente.

Hablo de finales de los años 80 y primeros 90. Carmen fue nombrada gran sacerdotisa del entonces mejor templo del arte contemporáneo español: el IVAM. Un gran fruto del político Cipriano Císcar y del talento del historiador y crítico Tomás Llorens. Pero Tomás se fue a Madrid a dirigir el entonces recién creado centro Reina Sofía, y Carmen asumió su cargo. Que defendió con imaginación y rigor. Ahí labró su fama a nivel nacional, y llegó a ser ministra de Cultura con Felipe González. Pero Carmen, además de regir el IVAM, era, a la vez, directora del IVAECM, el instituto de artes escénicas, cine y música de la Generalitat, también obra de Cipriano Ciscar. Ahí la conocí y la traté. Una mujer enérgica, ambiciosa, y de fuerte carácter. Y a la vez dulce, cálida y heterodoxa. Carmen es vida, y también alguna vez conflicto. Como cuando tuvo sus más y sus menos con su colaborador, y luego sucesor, Ricardo Muñoz Suay, con quien yo trabajaba. Con el añorado Ricardo, el ilustre cineasta valenciano, cuyo sobrino, por cierto, Vicente Muñoz Puelles, excelente escritor, recibió ayer la Distinción de la Generalitat Valenciana.

Carmen fue también una ensayista de éxito. Y una gran feminista. Pero ahora lo que importa es que es un patrimonio lírico y vivo de los valencianos, desde un espíritu siempre universal. Y una luchadora ejemplar y cotidiana contra una dura enfermedad; que bien conozco. A Carmen le queda mucho por hacer, en planos más privados y no menos relevantes; y lo está haciendo. Ella eligió vivir siempre en el lado del arte y sus creadores. En el riesgo a veces. Pero es que la creación sin riesgo no existe. Y ella ha construido una gran obra de arte, que es su vida.

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