Carlos

Un libro reúne los mejores artículos de Flores Juberías, trabajos sugestivos movidos por la brújula de la Constitución

F. P. PUCHE

Antiguamente se proponían tres tareas ineludibles a quien aspiraba a ser presentable en sociedad: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro... Hago observar que el filósofo hablaba de escribir, no de publicar un libro. Porque si en los tiempos que corren los tres retos se presentan poco menos que imposibles, incluso andan menospreciados por la sociedad, lo del libro es especial: escribirlo es fácil, pero publicarlo... es de titanes.

Anoto estas cosas y a mi lado aparece en portada el rostro de un joven profesor de gafas sin montura y barba incipientemente canosa. Es Carlos Flores Juberías, catedrático de Derecho Constitucional y vecino frecuente en las páginas de opinión de LAS PROVINCIAS. Herido por esa maldición que es escribir de política en España, apóstol sin remedio de ese género que son las tertulias de radio y televisión, acaba de recopilar sus mejores artículos -'La guerra por mi cuenta' (2007-2017). Vinatea Editorial- en un libro que le ha prologado Juan Manuel de Prada.

Carlos empezó su empeño en las edición valenciana de ABC y fue fichado en cuanto se pudo por Pablo Salazar, que lo incorporó a la cuadra que nutre cada día estas páginas. Como dice De Prada en la presentación, el rótulo elegido por el autor para sus colaboraciones -'La guerra por mi cuenta'- «nos advierte que él no es un pacífico combatiente, sino un guerrero singular que dispara palabras». Guerrero, claro está, armado de la «lógica y el sentido común», que es como todos sabemos el menos común de los sentidos.

Qué oficio este del columnismo, ¿no? Qué pretensión, esa de estar abierto a cualquier pájaro que sobrevuele la actualidad e intentar dar respuesta a todas las inquietudes sociales, económicas y culturales, en definitiva políticas, que cada día propone la información. Podría parecer lo que es, un atrevimiento. Pero mira por dónde, Carlos Flores lleva ya diez años en el pescante y muestra de sobras una desenvoltura que le ha hecho un verdadero maestro del género. Responde a todo, no se achica ante ninguna pieza, genera sin parar dardos certeros y sabe envolver con agudeza lo que son razonamientos, pistas para el camino, orientados siempre por una sensatez que no tiene más guías que las de la ley y la Constitución.

Cuando se enciende la luz roja de una emisión en directo, cuando cruje en las manos el papel recién impreso del periódico, oírle y leerle es un placer enriquecedor. Sus reflexiones -desde los patinetes al Rey, desde las libertades a las obligaciones- ayudan a que el oyente y el lector se orienten con la lógica de una brújula. E incluso ocurre algo inaudito, y es que hasta los discrepantes le escuchan. Es el sentido final que los clásicos soñaban con dar a la palabra pensada, al discurso polémico y a la conclusión cargada de razón. Seguramente es lo que nos está haciendo falta en los parlamentos. Y comprendan que estoy insinuando lo que a lo mejor un día pasa.