Carles Santos

CÉSAR GAVELA

Tuve la fortuna de conocer Berlín de la mano de Carles Santos. Fue en el verano de 1990. Salimos en coche desde Hamburgo una mañana muy temprano, cruzamos las praderas del comunismo real, vimos al fondo ciudades anegadas bajo el humo de horrendas chimeneas, pasamos al lado de cientos de garitas de vigilancia -que habían sido abandonadas meses atrás por sus oscuros guardias- y llegamos al viejo Berlín, suntuoso y en parte en ruinas, el que guardaba el Reichstag hecho polvo, la bella calle Bajo los Tilos, los herrumbrosos tranvías de los años cuarenta, y la isla de los museos, tan precariamente conservados por las autoridades de la Alemania del telón de acero. Carles fue un anfitrión ducho, cordial y divertido. Que logró que las diez horas que pasamos en Berlín dejaran una gran huella en nuestra memoria. La de una extraordinaria revelación. Él conocía bien la ciudad porque había disfrutado de una beca por un año en el Berlín occidental, y nos dijo que había pasado muchas veces al otro a través del metro, pues era posible hacerlo, curiosamente. Atravesando los severos controles que había en las estaciones fronterizas.

Carles era hombre sencillo y a la vez excepcional, un gran músico lleno de imaginación y creatividad. Él había ido a Alemania en aquel verano en su condición de autor y director de una ópera, libertaria y mediterránea, titulada 'Tramontana Tremens'. Una fiesta de la música, la provocación, el humor y el talento. Representada 'a capella' por el entonces llamado Cor de València y hoy Cor de la Generalitat Valenciana. La producción, netamente valenciana, fue solicitada por muchos teatros y espacios escénicos de Europa y se pudo atender la petición de Amsterdam y también la de Hamburgo, en cuyo festival de verano Kampnagel cosechó un éxito descomunal. Los coralistas valencianos no solo interpretaban la insólita y lúdica partitura de la obra, sino que se atrevían con ejercicios físicos poco menos que circenses. Un prodigio, uno más, salido de la admirable inteligencia del artista de Vinarós, un gran renacentista valenciano y también un amigo de Cataluña y de todo el mundo donde se amara la heterodoxia y el riesgo artístico. Heterodoxia compatible con la condición de Carles Santos de ser un gran pianista clásico. 'Tramuntana tremens' fue el mayor éxito internacional que tuvo el Centro Dramático de la Generalitat en sus primeros años. Éxito logrado desde la alegría, la universalidad y también desde la mirada mediterránea. Porque Carles fue un gran valenciano cosmopolita, siempre enraizado y casi siempre vecino de su muy querida Vinaròs.

La muerte de Carles Santos supone una gran pérdida. Porque personas tan libres, originales e inventivas escasean. Y tal vez son las más imprescindibles para el avance de la sociedad, no sólo de sus expresiones artísticas. Descanse en paz. Con una sonrisa.

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