Por la cara

Resulta inquietante que los cajeros automáticos hagan reconocimiento facial para poder sacar dinero

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Los avances tecnológicos suelen ir acompañados de leyendas urbanas que ponen el acento en el riesgo que producen y se materializan luego en buenas obras literarias. Pienso en 'La guerra de los mundos' o en '1984' cuando no en 'Black Mirror', 'Blade Runner' o en la mayor parte de la ciencia ficción que muestra el peligro de ponernos a los pies de la tecnología. Esas historias que circulan tras cada invento no son nuevas y las vemos convertidas a veces en noticias que, desgraciadamente, superan a la ficción. Por eso resulta inquietante que los cajeros automáticos, como acaba de anunciar una entidad bancaria, hagan reconocimiento facial para poder sacar dinero. Sin duda, es un avance que busca impedir el robo a partir de claves o códigos. No es fácil replicar una cara y sí robar una contraseña. Sin embargo, no quiero imaginar lo que podrían maquinar algunos para birlar el dinero de algún incauto intentando superar ese impedimento. Si ya circulan historias de asesinos dispuestos a apropiarse de un falange del dedo del difunto para abrir un dispositivo, las máscaras funerarias van a ser tendencia como se implante el invento facial para el cajero.

Mi peor experiencia al respecto fue en el aeropuerto de Tel-Aviv. Y no de entrada, curiosamente, sino de salida. Los controles israelíes de fronteras son lo más estricto que he visto, sobre todo, explicándole a un policía que lo que mi madre llevaba en su neceser era una cajita con la dentadura postiza, sin más riesgo que la aprensión del sujeto. Sin embargo, ésa no fue la peor escena; lo malo llegó con el reconocimiento facial. Así como en Cuba te hacen una foto al entrar que cotejan con tu cara al salir, y salvo juergas desenfrenadas, ambas suelen coincidir, en Israel pretendían que la cara del pasaporte fuera exactamente la misma que la de una servidora en tiempo real. Resultó que, a Dios gracias, ya no llevaba gafas y me había quitado unos kilitos de sobra entre el momento del trámite documental y el viaje. Llegué, pues, al reconocimiento y me invitaron a hacer uso del proceso automatizado. Así, me planté delante de la cámara y procuré sonreír con la misma naturalidad que en la foto. O sea, ninguna. La máquina dijo que ésa no era yo y aunque estaba de acuerdo con ella en que esta menda ha mejorado con los años, eso no pareció convencerla (no tiene sentido del humor). Denegado el permiso para salir. Lo volví a intentar. Me consolé viendo que otro chaval español había pasado por lo mismo porque en plena adolescencia había dado el estirón y la pelusilla incipiente era ya un señor bigote. De nuevo, rechazados y con cejas levantadas entre la policía israelí. Acabamos, por fin, en el reconocimiento facial de un funcionario con ojo de halcón. Y pasamos ambos. Un respiro. Por eso huiré de los bancos que lo implanten en sus cajeros. Es el sino de quienes estamos a dieta. O rejuvenecemos con los años. La máquina no nos cree.