DAR LA CARA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Mantenemos una relación de vergüenza con la muerte y con el dinero. La muerte la erradicamos de nuestra mirada arrojando los cementerios hacia el extarradio, blindándolos además de frondosa espiritualidad gracias al muro de alargados cipreses. Silenciosos osarios de diseño verde para calmar nuestros miedosos corazones.

El dinero, en caso de éxito, lo ocultamos habitualmente, pero no tanto por exquisito pudor, sino por una mezcla de desconfianza y elemental prudencia. En la sociedad española existe un acusado fenómeno algo extraño: penalizamos el dinero cosechado en buena lid. Ganar pasta por lo legal, a base de esfuerzo y talento, se convierte ante demasiados ojos en un terrible pecado que conviene depurar, maldecir, censurar. Agenciarse un buen coche, una vivienda confortable, un yo qué sé, levanta celos y sospechas. Si la diosa Fortuna sacude tu cartera mediante suculento premio, el ganador oculta su identidad para escapar de los sablistas y de los envidiosos. Si acaso sólo toleramos la alegría navideña de vaso de plástico rebosante de espumoso ramplón que nace de los pellizcos del gordo navideño porque así se cumple con el ancestral rito. Por eso se me antoja admirable ese valenciano que, golpeado con 80 kilos gracias a la Primitiva, ha dado la cara. Ha quebrado la norma del anonimato y quizá su gesto sirva para mutar ese bochorno millonario y extravagante que atrapa a los triunfadores. El hombre posaba feliz, fresco y natural ante las cámaras. Su rostro pacífico asumía el regalo celestial y nada maligno ocultaba ese semblante suyo. «Sí, la tormenta millonaria me ha empapado pero aquí estoy yo, ¿pasa algo?», parecía expresar. El dinero, en efecto, no siempre es un ente criminal fruto de la extorsión, sino un vehículo que permite caprichos y cierta libertad. 80 kilos... Quien los pillara...