Cápsulas de tiempo

Nos enternece una escena de abuelos y nietos pero aumentan quienes viven solos en la vejez y no ven apenas a sus nietos

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

No me canso de mirar el ninot indultat infantil de este año. Esa cápsula del tiempo en la que todos quisiéramos quedarnos a vivir. ¿Quién no ha soñado con parar el tiempo y evitar que lo bueno del pasado desaparezca, que lo mejor de las Fallas de antaño se pierda o simplemente que los abuelos se nos vayan o la indolencia de la infancia, en la que solo nos preocupábamos por terminar pronto los deberes para irnos a jugar, acabe para siempre? No solo produce ternura por nuestros mayores, los niños y hasta el perrillo que asoma el morro bajo la silla del abuelo. Da que pensar mucho más allá de una elección fallera, cuando somos capaces de votar masivamente por la representación de una escena que va desapareciendo cada vez más en nuestro entorno y no por efecto del tiempo o de la propia evolución de la fiesta, sino de nuestra propia forma de afrontar las relaciones familiares.

Suele decirse que el ninot indultat tiende a ser conservador. Cuando se dice, en ocasiones, se plantea en términos negativos porque se refiere a que abuelos, niños, azulejos antiguos o tradiciones relacionadas con la fiesta tienen más posibilidades que otros motivos y escenas para ganar el corazón del público. Es posible, pero aquí «conservador» significa mantener, cuidar y proteger, recoger y representar aquello que más nos identifica y en donde nos reconocemos como sociedad.

Es cierto, a menudo se premian las representaciones de los valores de siempre, y un abuelo con el nieto o la madre con la niña son apuestas seguras. Lo curioso del caso es ese contraste entre realidad e imaginario fallero. La Fiesta, para muchos valencianos, se vive en familia. Algunos apuntan al niño a la Falla en cuanto le cortan el cordón umbilical; el casal es un lugar al que acuden abuelos, padres y nietos y la pasión por las Fallas, por lo general, se transmite en casa. Para los falleros de toda la vida, no hay mayor satisfacción que ver que sus vástagos salen tan falleros como ellos. O vestir al crío por primera vez, y hasta llevar a la Ofrenda a la nena, sin poder hacerle aún los moños, para ofrecérsela a la Virgen y pedirle su protección, aunque llegue dormida en el carro mientras cruza la Plaza. Las Fallas, pues, tienen mucho de familiar y de tradiciones sin las que parecen perder sentido, de ahí las resistencias al cambio. Ahora bien, lo preocupante es que veamos muy claro el factor familiar en ese contexto pero como sociedad -y no solo la valenciana- releguemos a los mayores en muchas otras actividades. Nos enternece una escena de abuelos y nietos pero aumentan quienes viven solos en la vejez y no ven apenas a sus nietos. Nos conmueve la imagen estereotipada y dulce, pero no queremos cargar con la parte menos entrañable y más dura de esa edad, como el cuidado y la atención a los mayores. Ser conservador aquí es proteger lo recibido y legarlo a las siguientes generaciones. Algo de lo más progresista.