Capitales en el mapa

MIQUEL NADAL

Con lo de los Días Internacionales, se ha acabado sustituyendo al Santoral, y en lugar de mirar el santo del día y sus milagros, se acaba identificando el Día Internacional al que la ONU o la UNESCO han consagrado la jornada. Por eso mismo, ya existen capitales mundiales de todo: del corcho, la salsa, el aceite de oliva, los humedales o el libro. Las ciudades, en lugar de competir porque sus vecinos tengan una existencia agradable, con reducción de las molestias, y buenos servicios, se dedican a pelear por la consecución de títulos honoríficos. Viene esto a cuento de las iniciativas múltiples, públicas y privadas, a izquierda y derecha, rojas y azules, para recoger las migajas del reconocimiento y que nuestra ciudad pueda ser distinguida con algún título menor que pueda formar parte del ornato y cartelería del Ayuntamiento exhibiendo que por fin ya somos capital de esto o lo otro. Hoy si una ciudad no forma parte de un ranking es una ciudad miserable, demediada, un fantasma administrativo que vegeta por el limbo del municipalismo. Hoy, cuando ya hay centros sociales, polideportivos, polígonos varios, auditorios, o museos de arte contemporáneo, la distinción estriba en ser capital de algo. Nadie se da cuenta que la generosa disposición del AVE no era para importar y que vinieran, sino para exportar y sacarnos el dinero allí en sus bufetes y sus masters, en su turismo de musicales, y más fines de semana a Madrid, a la que ya no le caben más sedes, eventos deportivos, conciertos de bandas, recintos feriales, hoteles y mercados gastronómicos, mientras a la periferia le queda el premio de consolación del turismo de playita de los puentes siempre que no llueva. Es el efecto capitalidad que tanta centralización económica provoca y al que nosotros aspiramos, y en cierto modo también alguien se encargó de que no formáramos parte de ese mundo. Todo eso formó aquella retórica, de malestar por nuestra condición y papel en España, que definió una época y algunos discursos políticos con la expresión solemne de ponernos en el mapa, como si nuestra capital fuera una aldea ignota, sin historia, pasado o gentes, que necesitara de reconocimiento. Hay un cierto aldeanismo en esa obsesión porque a uno lo reconozcan, y le impongan la insignia, y dé el discurso de agradecimiento de que por fin la Cenicienta de España es visible como capital mundial de la alimentación, del diseño, o de cualquier otro rótulo que justifique que ahora somos justamente reconocidos. Si en los años 70 del siglo XX, con aquel rótulo de la visita en tres horas, pudimos ser definidos como la capital mundial del anti turismo, hoy nos tendríamos que definir como la capital mundial de la indiferencia a ser capital de nada. Que todo eso acaba con empresas que viven de inventarse distinciones, engañar a incautas poblaciones vendiendo el dossier y organizar galas de entregas de premios de la Capital Mundial. Y esa película ya la hemos visto.