El lío de las capitales

MIQUEL NADAL

Dice el artículo 5 de la Constitución de 1978, que la capital del Estado es la villa de Madrid. También lo decía el artículo 5 de la Constitución de 1931, cuando expresaba que la capitalidad de la República se fijaba en Madrid. El anteproyecto constitucional incluía esta frase final que desapareció: «Podrán establecerse por ley, servicios centrales en otras localidades de España». Valladolid, Cádiz, Valencia o Barcelona fueron capital a lo largo de la historia por albergar instituciones del Estado. Esto me recuerda uno de los primeros mítines a los que uno fue, del PSP de Tierno Galván, cuando Víctor Fuentes explicaba en la plaza de Toros que con las autonomías ya no necesitaríamos ir a la capital para tramitar los papeles. Casi cuatro décadas después no paramos de ir más que nunca, sobre todo a la gestión del Fondo de Liquidez Autonómica, a los Mercados Gastronómicos, a la Gran Vía de los musicales, a las Ferias de Turismo, y todo eso gracias al AVE, ese nuevo instrumento de centralización radial que nos deja condenados a pagar las facturas y que ha hecho que Madrid sea un nuevo rompeolas del ocio y de la modernidad. Parece ser que Javier Faus, ex presidente del Barça, y único candidato a la presidencia del Círculo de Economía de Barcelona, habría patrocinado una de esas iniciativas simbólicas, otra más, que pretenderían la resolución del conflicto territorial, en esta ocasión proponiendo que Barcelona fuera capital española, junto a Madrid, como freno a la centralización y remedio de la desafección. Ni cocapitalidad ni concapitalidad aparecen en el Diccionario de la RAE. Yo no sé si lo simbólico llena de sustancia el puchero, pero tiendo a pensar que si ya nos toca pagar una capitalidad, pagar una segunda tiene su aquel. Tal y como están las cosas, recuerda a esa invocación que hacían los magos en las presentaciones de las Fallas: «Agua de la India, gli-gli-gli-gli-gli». El Agua de la India no era nada. Tiene el aroma de esa otra que ya se hizo circular para que el Senado tuviera su sede en Barcelona, y no deja de ser una clara demostración de la contaminación de la política por el fútbol. En este ámbito concreto llevan décadas trabajando, y ahora ponen a trasplantar al mundo de la política esa reducción de la vida política española a un puente aéreo simbólico entre Madrid y Barcelona, como si todo lo que sucediera más allá de esas dos ciudades fuera la segunda división de la vida pública, consagrando esas dos maneras de entender España que las élites culturales y políticas siempre han soñado. Madrid y Barcelona ahora como derbi político. Todo el pastel reducido a dos capitales, dos Cortes, como si viviéramos en el siglo XIX. Uno tiende a ver el futuro de Pamplona, Logroño, Bilbao, Oviedo, Zaragoza, Valencia, Sevilla o Santander, reducidas al papel marginal que en el futbol ya han consolidado.