LO DE LA CAPITAL DEL DISEÑO

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Todavía no acierto a entender por qué pero el caso es que lo de que Valencia haya sido elegida, en dura competencia con Bangalore, como capital mundial del diseño en 2022 debe de ser muy importante. Para empezar, suena bien, capital mundial del diseño. ¿Alguien puede no estar de acuerdo con algo así? Es como si la hubieran nombrado capital mundial de la paz, o de la concordia entre los pueblos, o del respeto al medio ambiente, o de la diversidad cultural, o de la defensa del patrimonio histórico, o del arroz. Pero es que, por si eso fuera poco, no hay más que ver el entusiasmo de los regidores de nuestro ayuntamiento para darse cuenta de que con la designación nos ha tocado el Gordo de Navidad. Unas caras que recordaban las del día en que la Copa América se decantó por Valencia. Ahora, en el suplemento local de un diario nacional leo que unos diseñadores destacan que la capitalidad pondrá a Valencia en el mapa del diseño, una declaración que también se parece mucho a aquellas que decían que con la competición de vela nos situaríamos en el mapa de los eventos internacionales, y en el del turismo, y en el de las grandes inversiones, y en los de los VIP más VIP del planeta, y que volvimos a escuchar cuando poco después llegó la Fórmula 1. Siempre hay un mapa en el que no estábamos y ahora sí que sí vamos a estar. Si me pusiera en plan aguafiestas, que no es el caso (no quiero que me acusen de mal valenciano), podría viajar aún un poco más en el tiempo y marcharme a finales de los noventa, cuando el Ayuntamiento en manos de Rita Barberá anunció un gran acontecimiento cultural con motivo del inminente cambio de siglo. Una iniciativa que se concretó en la Fundación III Milenio y que consumió no pocos recursos municipales en congresos y encuentros de intelectuales. La entonces oposición machacó tanto la idea como su ejecución y apuntó contra los organizadores, a los que se tildó de «tres abuelitos aprovechados» que poco menos que estaban estafando a la ciudad. La huella que dejó el invento es perfectamente descriptible, ninguna, por lo que entró a formar parte con todo el derecho de la inabarcable enciclopedia del despilfarro que las administraciones públicas españolas han venido escribiendo en las cuatro décadas de democracia. El III Milenio no pasó de la categoría de la excentricidad bajo el pretexto de que Valencia -excluida de los fastos del 92- necesitaba una ilusión, un proyecto colectivo. Después vendrían los barcos, el Alinghi, Bertarelli, los coches, Fernando Alonso, Bernie Ecclestone y hasta la mismísima Demi Moore. El tenis, los caballos y no sé cuántas cosas más. Pero todo aquello, claro, eran eventos prescindibles e intrínsecamente corruptos mientras que la capitalidad del diseño es una gran oportunidad. Ya lo entiendo.