La canción del dinero

A sus mil problemas, España añade una perversión: es el nacionalismo, que al PSOE le encanta

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Niños y padres, en pequeñas manadas, van de la librería a la papelería. El protocolo está en marcha y hay que cumplimentar un largo pedido: libros y mochila, rotuladores y gomas de borrar, cuadernos y rollos de papel para forrar. La nueva temporada llama a la puerta y la metáfora de las escuelas nos sirve a todos como referente; las vacaciones han terminado y la última semana de agosto, con sus rayos y truenos, con sus huelgas también, ha sido la del aterrizaje en la realidad.

Las familias comienzan a subir la cuesta de septiembre. Sin embargo, lo que se ha oído estos días, más, mucho más que el esfuerzo de la sociedad, es el lamento de los políticos, que regresan de las vacaciones y se disponen a empezar el año -porque hasta la fecha todo ha sido cocinar elecciones- y lo primero que se encuentran es que hay un funcionario odioso que les dice que no hay dinero. Todos -ayuntamientos, diputaciones y sobre todo autonomías- padecen el mismo mal, que no hay dinero. Y todos elevan al cielo el mismo lamento amargo. Es urgente trasferir 7.200 millones de euros a las autonomías; pero la clase política se enreda en informes interesados y reproches cruzados... de los que se deduce que el Gobierno provisional presiona a los partidos con una buena dosis de angustia financiera para conseguir un apoyo, unas abstenciones, que sean capaces de sacar a España del bloqueo político en el que se encuentra.

El ruido aumenta y los medios lo convierten en estrépito. No hay presupuesto, siguen en vigor las cuentas del desparecido Mariano Rajoy y los consejeros de Hacienda, además de reclamar trasfusiones urgentes, además de cansarse de pedir soluciones globales a la financiación, hace tiempo que avisan a sus socios -Podemos y Compromis en el caso valenciano- de que la austeridad y los recortes siguen siendo virtudes imprescindibles. El conseller Vicent Soler, nuestro Montoro/Montero, cumple con su deber, también educativo, y señala la necesidad de reducir costes, de cuadrar números, de gastar 500 millones menos. Unas recetas eternas aunque pasadas de moda, unas recetas que habrá que seguir aplicando para que la monstruosa deuda que arrastramos no siga creciendo sin cesar.

Septiembre de 2019 nos trae el conocido ejercicio de volver a empezar. Durante años hemos asistido a una representación parecida, que si este año tiene algún ribete nuevo está en el capítulo de las perversiones: no hay Gobierno, no hay dinero, la economía empieza a resentirse, vamos de cabeza a unas nuevas elecciones y un Gobierno frágil tendrá que abordar en breve la sentencia contra los golpistas catalanes y una salida brusca de Gran Bretaña de Europa.

En cualquier otro país sensato, ya saben, se estaría fraguando un gobierno de concentración constitucional que sacara los problemas del atolladero y abordara reformas -educativa, electoral, de financiación autonómica, de pensiones- válidas para los próximos treinta años. Pero España tiene una perversión añadida: existe el nacionalismo... y al PSOE le encanta.