La campaña Muppet

Mi fe está puesta en el Monstruo de las Galletas, el azul, no el verde insípido que ha elegido Vox para contestar al PP

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Desde que Epi y Blas se han convertido en prescriptores del voto en España, ando pensando qué personaje me resultaría más convincente para decidir a quién entregar mi papeleta. Ante todo, mi fe está puesta en el Monstruo de las Galletas, el azul, no el verde insípido que ha elegido Vox para contestar al PP y su apropiación de Epi y Blas. El de Vox es un pelele color blandiblú, que no habla, ni asusta ni tiene xixa ni llimonà. En cambio, el Monstruo de las Galletas no asustaba a nadie, salvo en los alrededores de Villarejo de Salvanés, cerca de Madrid, donde está una de las fábricas más conocidas de España y cuyo olor a galleta llega hasta la A-3 cuando se pasa con el coche camino de la capital. Triki, que así se llama el bicho, resulta políticamente incorrecto en estos tiempos de críticas hacia las dulces mezclas de harina y azúcar, y su costumbre de pegarse atracones de galletas en cualquier momento e incluso otras cosas incomestibles, animaría a zamparse la DUI, los lazos de Torra y hasta la gorra de Trapero aunque fuera al grito de «Jo menjar neules, ñam ñam ñam!».

Otra de mis favoritas, puestos a animar el voto femenino, sería Peggy. La cerdita con más carácter de la historia de la televisión es la versión muppet de Carmen Calvo pero, a pesar de sus arrebatos arrabaleros, es mucho más simpática. Que Calvo, quiero decir. Sin embargo, no la veo dispuesta a ceder en los líos lingüísticos de Isabel Celáa a cuenta del ustedes y «ustedas», vosotros y vosotras, quienes y «quienas». Estoy segura de que Peggy haría campaña por Arrimadas, por Bonig o por Catalá pero cuando la imagino en el papel de Irene Montero, veo a Pablo Iglesias, con un mono verde rana, recibiendo el grito de su compañera porcina (la de gamuza, obviamente) y no acabo de entregarme a la causa.

Después de darle muchas vueltas, creo que solo me fiaría de Statler y Waldorf, los abueletes cascarrabias que aparecen en un palco del teatro asistiendo a toda la representación. Desde su atalaya juzgan el show con intervenciones cortas pero intensas. No pasa de un cruce de frases pero se ríen de cualquiera que asome por allí, sin piedad alguna. Quizás hoy estarían censurados. Están de vuelta de todo, conocen la naturaleza humana, se tiran a la espalda cualquier cosa y no hay nada que les sorprenda. Pero sobre todo son capaces de desmitificar a todo el que se atreva a salir al escenario, como ocurre estos días en cada atril, micrófono y cámara de televisión de nuestro país. En una de esas escenas, uno de ellos dice «justo cuando crees que la función es horrible, pasa algo maravilloso» y el otro le pregunta «¿qué es?» y le contesta: «¡Termina!». No se puede resumir mejor lo que estamos viviendo de anteprecampaña, precampaña, y murga electoral sin determinar, en la que estamos inmersos. Me encantaría escucharles comentar cada espectáculo político dominical. Tras ellos, ni Tezanos remontaría las encuestas.