Campaña eterna

La exageración no ayuda a esclarecer aquello que se denuncia sino que contribuye a ocultarlo

ANTONIO SOLER

En Andalucía han puesto en marcha una campaña contra la violencia de género a base mujeres sonrientes que han sido maltratadas. Los promotores, es decir, el gobierno de la Junta, dicen que lo que retratan esas mujeres es la superación. «La vida siempre es más fuerte», reza uno de los lemas. Bueno. A veces no es exactamente así. A veces la vida no puede con los instintos asesinos de un marido, un novio o un ex-lo-que-sea mutado en criminal. Por desgracia lo atestigüan más de mil mujeres desde que empezó a registrarse el triste saldo de la violencia de género.

Lo cierto es que el contraste entre la sordidez de este tipo de violencia y las imágenes de las señoras rebosantes de alegría produce un efecto extraño, cercano al sarcasmo, y recuerda una vieja viñeta de Summers. En ella se veía a un ahorcado y al pie del árbol a un cura que le decía al de la lengua fuera: «Hijo mío, Dios aprieta pero no ahoga». Pues eso. Estas mujeres de los carteles sonrientes -que según parece son modelos dentales o de otro ramo de la estética pero en ningún caso mujeres realmente maltratadas- no reflejan la tragedia que tratan de denunciar. Una campaña desafortunada.

Desafortunada y en la que la oposición ha querido ver la influencia de Vox y de su peculiar mirada sobre el dramático asunto. Como era de esperar, desde el gobierno andaluz han salido en defensa de su producto y han acusado a la oposición de rastrillar votos a cualquier precio. Campaña frívola, dicen unos. Arma política y ataque deleznable, se defienden los otros. En realidad, lo que ambos manifiestan es el estado de excitación permanente, de campaña o precampaña electoral, en el que el país está instalado desde hace ya no se sabe cuántos meses o años, con legislaturas quebradizas, mayorías precarias y una mala acomodación a un multipartidismo todavía bastante dudoso, y probablemente efímero, al menos tal como ahora lo conocemos. En Andalucía han sido esas mujeres sonrientes y una cuestión tan sensible como la violencia de género, pero mañana puede ser cualquier otro asunto y en cualquier otro lugar el que levante una polémica pasada de revoluciones en medio de esa atmósfera de hipersensibilidad medio neurótica. Felinos dispuestos a saltar a la yugular o gatitos jugando con un ovillo ya demasiado deshilachado. Porque la neurastenia partidista primero se contagia a la ciudadanía en forma de nerviosismo, pero con el paso del tiempo, por agotamiento, deriva en desidia e indiferencia.

Da igual que se trate de un problema importante o una nimiedad. La exageración y la teatralidad no ayudan a esclarecer aquello que se denuncia sino que contribuyen a ocultarlo, a hacerlo irrelevante. Más o menos como cuando se ve a Neymar rodar por el césped herido de muerte para, medio minuto después, trotar alegremente por el campo. Como si fuera una mujer a la que hubieran maltratado.