Campaña electoral, ¿para qué?

Manu Ríos
MANU RÍOS

Con la campaña de publicidad que el Ministerio del Interior ha lanzado estos días en las televisiones del país, bien se puede decir que estamos oficialmente en periodo electoral. Aunque cuatro meses y quince días parecen un largo plazo para cualquier ciudadano, para las formaciones políticas es un suspiro. Ya se sabe que la política maneja sus propios tiempos.

Demasiado poco para vendernos un pescado, que tras el 26 de mayo puede llegarnos ya putrefacto. De lo que se nos hable hoy o se nos prometa, poco o nada tendrá que ver con el resultado final. Es a lo que nos están acostumbrando últimamente. Sin duda un mal ejemplo para ilusionar a un electorado que se cansa ya de tanta falta de seriedad.

Ahora se impone la política de los pactos y los juegos de estrategia, véase lo acontecido en Andalucía, con la presidencia del Gobierno de España o en las instituciones valencianas sin ir más lejos. Poco peso tienen ya los programas electorales. Ahora se cruzan las líneas rojas como si nada. Aquello de llevarlos a un notario para «dar fe» del compromiso que se adquiere con los votantes suena a un pasado de otro siglo. Los millennials y la generación Z ni siquiera lo han conocido. Hoy lo importante es el reparto de sillas y parcelas de poder. Nada de suscribir un contrato con el elector, no sea cosa que toque cumplirlo.

Lejos también queda aquello de invitarnos a hacer un voto reflexivo. En los nuevos tiempos el ciudadano más requerido por los partidos es el que vote por simpatía o afecto. Por el contrario, aquel que conoce un programa electoral y vota en consecuencia tiene muchas opciones de sentirse utilizado. ¿Tanto les cuesta entender a sus señorías que quien vota a PP no ha querido votar a Ciudadanos, y quien vota al PSOE no ha querido respaldar ni a Podemos ni a Compromís? Así nos salen las cosas. Con asociaciones Frankenstein hechas a trozos, pasa lo que pasa. Cuatro años de parejas de conveniencia mirándose de reojo. Si fueran valientes se presentarían coaligados y con una solo marca.

Y de remate, esta vez estamos convocados oficialmente a tres consultas simultáneas y que no sean cuatro. Municipales, autonómicas y europeas a las que se podrían sumar unas anticipadas generales. La locura. Nos esperan días de dolor de cabeza intenso recibiendo un bombardeo de mensajes que nada tienen que ver entre sí. Lo mismo nos hablaran de la movilidad del tráfico, que de las listas de espera el independentismo catalán, los fondos FEDER, el nacionalismo, la socialdemocracia, la República o del arreglo de la marquesina del autobús.

Un despropósito y una falta de respeto hacia las propias instituciones y los votantes que se complementará, además, con una campaña de buzoneo y de invasión de nuestras comunicaciones privadas permitida vía Ley. Y algunos se extrañan de los bajos índices de participación.

 

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