AQUELLA CAMISERÍA

Mª ÁNGELES ARAZO

En el interesante establecimiento se vivía tan al margen de modas, tan detenido en el tiempo, que jamás se anunció liquidación, rebajas o grandes descuentos.

La Camisería Molina obligaba, a quien gustase del interiorismo, a admirar todos los detalles de la decoración realizada en 1884: la taracea de los escaparates de distintas maderas con incrustaciones de nácar; los techos de espejuelos con lágrimas de cristal, la barandilla de bronce y las tres soberbias lámparas que se tuvieron que adaptar del gas a la electricidad sin que se modificara su estructura. El comercio, fundado por Leonardo Sanz, que formó sociedad posteriormente con Abelardo Maset, se concibió para la aristocracia y burguesía que habitaban en el entorno de la plaza de la Virgen, Manises y San Luís Beltrán.

La calle del Mar, en aquella época, era la vía mercantil más distinguida de la ciudad, aunque pronto sería superada por la calle de la Paz.

Hagamos historia. La tienda la adquirió en traspaso, en 1940, José Molina Tudela, que había trabajado allí desde bien joven. Cuando describí los comercios singulares de Valencia, seguían al frente de la camisería las hijas de Molina, Rosario y Josefa, celadoras del ambiente antañón y de los documentos que reflejaban su devenir.. Prueba de ello era la libreta con la relación de clientes asiduos: entre ellos, el Barón de Campo Olivar, Conde de Montornés, Marqués de Caro, Conde de Berbedel, Marqués de Sardañola, Marqués del Turia, Marqués de Fuente Hermosa y Don Pedro María Orts y Bosch.

-Los calzoncillos largos, afelpados -me dijeron. Jamás han dejado de venderse; ahora no sólo son blancos, son también beig, grises y marrón; los compran los jóvenes, ellos y ellas, para llevarlos en invierno, debajo de los tejanos.

Las hermanas Molina habían coleccionado los accesorios de moda masculina ya en desuso, como las pajaritas, los gemelos, loa puños almidonados.»Lo que distinguía a un caballero», puntualizaron. Amaban el local, pero claudicaron ante las ofertas. La vida. Fue triste ver en su lugar un restaurante o un lugar de copas. En fin.