El mal camino

CÉSAR GAVELA

Se dice que los atentados del 11 de marzo de 2004 fueron el comienzo del odio. De la reaparición del viejísimo odio entre españoles, algo muy nuestro, que por algo vivimos cinco guerras civiles en apenas un siglo. Siendo la última la más cruel y, además, la que no termina nunca. Por eso el odio recuperó fuerza en los días de luto que siguieron al atentado más cruento que sufrió Europa desde la segunda guerra mundial. Y que sucedió aquí, en Madrid, obra de la barbarie islamista. De unos tipos que creían que matando a doscientos inocentes se garantizaban la presencia infinita en el cielo, rodeados de mujeres y de pasteles.

Hace quince años se agudizó el empeoramiento de la convivencia nacional.La que había sorprendido al planeta con una transición de la dictadura a la democracia que era algo nunca visto. Pero lo cierto es que había sucedido esa esperanza, en la que venció el valor al miedo y la cordura al odio. Como bien supo reconocer la viuda de Manuel Azaña, el último presidente de la República. Se lo dijo al rey de España en la embajada de nuestro país en Méjico hace ya cuarenta años. Esos cuarenta años de democracia que no existen para la extrema izquierda y para el nacionalismo radical.

Rebrotó el odio. Los adversarios políticos se convirtieron en enemigos. Las ideas de los demás partidos se volvieron indignas. La corrupción inundó la política, desde el socialismo peronista-andaluz hasta la derecha ladrona de tantas regiones, y qué decir del robo institucionalizado de los nacionalistas catalanes, que organizaron una catástrofe social por ver si podían así salvar de la cárcela sus jefes delincuentes y ladinos.

España vive en un grave desencuentro político. Parte del mismo, cierto, viene de fuera. De esa locura Trump-Putin que amenaza la paz mundial. Otra parte viene de la miseria populista que representan dirigentes como Salvini en Italia o Urbán en Hungría. Los que odian a los diferentes, a los inmigrantes, a los pobres. Con todo, en España la parte principal de ese odio es autóctono. Consecuencia de la miseria intelectual y cultural de una clase política muy deficiente. Que recurre mucho a la mentira o a la manipulación para llegar o mantenerse en el poder.

No podemos seguir por ahí. Salvo que queramos llegar a un escenario aún peor que el actual. Hay que rectificar este rumbo ciego hacia la destrucción moral. Cuando pasen todas estas elecciones que nos aguardan, los políticos tienen que cambiar seriamente su discurso. Pensar en términos de diálogo, de unidad, de respeto, de luz, de imaginación. En realidad es muy fácil: pensar en las personas y no hacerlo tanto en ellos mismos, en sus carreras y egos. O empieza ese gran cambio en la próxima primavera, o nos iremos al invierno del odio. Tan injusto en un país hermoso y rico, histórico y creativo; tan diverso y tan parecido a un tiempo. Tan universal.