Cambio horario

J. SÁNCHEZ HERRADOR

De la polémica del cambio de hora lo que menos me interesa es si ahorramos unos pocos euros debido a la mutación del maldito reloj. Dejando a un lado que nadie se pone de acuerdo sobre la veracidad de ese polémico ahorro, ¿tan poco precio vale nuestra libertad? A las autoridades no les basta con freírnos a multas o subirnos los impuestos y quieren además regularnos la vida hasta el punto de decirnos cuántas horas de luz debemos tener al día y como consecuencia alterar nuestra rutina. Lo mejor sería que dejaran a la naturaleza su curso normal y que nuestro cuerpo y mente se adaptaran de forma gradual a la llegada de las estaciones. Que por decreto se regule la hora es una manifestación brutal de la dictadura silenciosa que padecemos. Dentro de unos años se meterán en nuestras casas y nos dirán qué podemos hacer o cuándo tenemos que salir a la calle. Me sorprende el estoicismo con que la gente soporta una intromisión en ese campo sagrado de la existencia: el tiempo.

Y no es solo una simple alteración de la hora, el cambio de las manecillas del reloj supone toda una transformación de las costumbres. Los burócratas nos traen a su antojo una oscuridad prematura y con ello parecen obligarnos a quedarnos en casa, a no salir a la calle, a dormir cuando ellos quieran, en definitiva a comportarnos dócilmente para ahorrarnos unas dudosas perrillas.

Si las autoridades modulan el tiempo a su arbitrio, un día dirán solemnemente qué es real y qué es mentira a nuestro alrededor. Un cambio de hora es una cosa muy seria, el símbolo de que la intromisión en la privacidad humana no tiene límites. Solo nos queda no hacerles caso o directamente romper todos los relojes.

Fotos

Vídeos