CAMBIAR LA HORA

Al fin se han dado cuenta de que no sirve de nada fastidiarnos dos veces al año en una operación tan absurda

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

Las autoridades se han percatado al fin de que no sirve de nada andar fastidiándonos dos veces al año en esa operación tan absurda de hacernos cambiar la hora, que tiene la inmediata derivada de ponerse a discutir unos y otros si eso sirve para algo práctico o no.

La Comisión Europea ha hecho una encuesta popular en la que han participado cerca de cinco millones de personas, con el resultado mayoritario de que no están por la labor de que se nos siga chinchando con tener que corregir los relojes y fijarse en si se habrán ajustado o no los que deben hacerlo de forma automática.

Más que el incordio de tener que mover unas manecillas (en algunos casos hay que hacerlo con muchas cada vez) en marzo y en octubre y acostumbrarse a lo recién estrenado, lo que molesta de verdad es que te repitan que eso por nuestro bien, que es muy bueno para ahorrar energía, porque las actividades se acomodan mejor a las horas de sol de cada semestre, etcétera, etcétera. Y siempre hay expertos, o gabinetes especializados en la materia, que cuantifican cuánto se ahorra por ahí o por allá. Mentira repetida hasta aburrirnos.

Ahora, con la nueva estrategia de Bruselas y de una mayoría de los Estados miembros de la UE de olvidarse de los periódicos cambios de hora, los teóricos que glosaban sus bondades han hecho mutis por el foro. O se han reconvertido con rapidez para alistarse en las filas de los que nos machacan con que sí, la nueva decisión es muy conveniente, porque cambiar de hora provoca desajustes en el organismo humano y hasta motiva depresiones. Igual exageración que lo de ahorrar energía.

Ahora bien, no se crean que ha terminado ya la historia. De momento, del próximo cambio a finales de octubre no nos libraremos, y seguramente tampoco del siguiente, en marzo. Primero porque la decisión de la Comisión no es definitiva, tiene que intervenir el Parlamento Europeo, y definirse cada uno de los países miembros.

Tampoco está claro en qué se quedará al fin. Sí, en no cambiar de hora dos veces al año y dejar la cosa fija, pero ¿en qué modalidad, la de invierno o la de verano? Y lo que traerá mayor complicación: cada Estado decidirá lo que más le conviene, y será difícil que se pongan muchos de acuerdo. Hay mucha distancia geográfica entre Estonia o Finlandia y España como para que rija en ambos sitios la misma hora.

Así que podemos desembocar en un sinfín de usos horarios dentro de la UE, y a partir de ahora vendrá la nueva sesión de discusiones: ¿Dejamos quieto el horario de verano o será mejor hacer fijo el de invierno? ¿Nos ponemos en la misma franja horaria del Reino Unido y Portugal (y unificamos la Península con Canarias) o conviene más colocarnos del lado de Alemania? Saldrán a la palestra razones para discutir de todos los colores, ya verán. Por si decayera lo del Valle de los Caídos.

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