AQUELLA CALLE DE LOS UNIFORMES

Mª ÁNGELES ARAZO

La calle de la Bolsería vuelve a la actualidad cada año, el segundo domingo de mayo, cuando la imagen de la Virgen de los Desamparados recibe la más densa lluvia de pétalos de rosa. Las familias que dejaron de habitar los pisos y se limitaron al pequeño comercio de la planta baja, olvidan las losetas rotas, las goteras pertinaces o la deficiente instalación eléctrica, y no sólo vuelven al antiguo hogar, sino que invitan a familiares y amigos para deshojar las flores en bandejas o cestos de mimbre, y competir con los vecinos, viejos en su mayoría, que también sienten la necesidad de perpetuar la tradición.

En esta popular calle, el 'pret à porter' no se aceptó, mejor dicho, no se admitió en francés, lo que siempre se llamó en estos lares 'confección', la prenda hecha según tallaje que admite posterior arreglo. «Por aquí queda ancho, así es que le meteremos dos centímetros... Un poco corto ¿no le parece..?, sacaremos de aquí, que para eso le dejaron buena orilla».

Con maniquíes que recordaban a Carlos Gardel o al Clark Gable seductor de Escarlata O'Hara, recibían las tiendas, como la de Hija de Josefa Tordera, especializada en prendas de trabajo para empresa, de forma que allí acudían quienes buscaban uniformes para clínicas, residencias, trabajos de hostelería y las más impensables ocupaciones como mecánicos o los operarios en cámaras frigoríficas, que necesitan anoraks y pantalones que protejan de tan bajas temperaturas.

Hace tiempo que dejaron de pedirse uniformes para doncella o mayordomo. Natural. La vida cambia. Hoy apenas quedan tiendas de aquellas de confecciones que llenaban la calle. Recuerdo que Joaquín Ferragut, el dueño de una de ellas, se negaba a desprenderse de los maniquíes, pura tentación para las boutiques de vanguardia y almonedistas, a pesar de que llegaron a ofrecerle 200.000 pesetas por el de una mujer con los zapatos y las medias pintados. Quería respetar el ambiente que le dieron a la tienda sus abuelos en 1917, con un gran espejo que presidía el local cubierto con anaqueles de madera, y con su tradicional clima de sala de estar: las sillas de enea pintadas de verde, la mesa camilla cubierta con faldones que ocultaban la estufa...