Calle José Ballester Gozalvo

El fundador del Levante FC da nombre a una calle situada junto a la playa de la Malva-rosa

Calle José Ballester Gozalvo
JOSÉ RICARDO MARCH

En la línea de las confesiones de carácter personal iniciadas la semana pasada, aprovecharé para deslizar una que promete polémica: no soy un gran aficionado a la playa. De hecho, he pasado años intentando minimizar el impacto del mar en mi vida. No me maten todavía, por favor. Declaro cumplir con solvencia el resto de requisitos que puntuarían alto en un hipotético ránking que evaluara la valencianía folklórica: durante más de una década fui un fallero ejemplar, soy un barroquista de fácil detección, un proselitista del sanvicentismo y un celoso guardián de las esencias arrociles patrias. Es más, alzo la voz con estruendo -y me pongo muy intensito, lo reconozco- cada vez que alguien saca a paseo algo-que-claramente-no-es-paella-aunque-digan-que-sí. Por todo ello lo del mar suele llamar la atención a mis deudos, especialmente a los amigos y parientes que no gozan de la proximidad física de la costa. Que raro que tú, que te las das de tan valenciano, apenas visites la playa teniéndola a un paso. Pues sí, qué raro, pero uno es así. Quizá la desafección marítima se haya instalado en mi subconsciente como consecuencia de un sinfín de veranos en los que buena parte del menú vacacional se componía de playa, playa y playa.

El caso es que, varados en la ciudad durante la segunda mitad de agosto, con una criatura por domesticar que atraviesa el bonito período de rebeldía preadolescente de los tres años, no se nos ocurre una mejor solución que llevarlo a la Malva-rosa, armado con cubo, pala y rastrillo, para ver si se entretiene. La estampa, vista desde fuera, no deja de ser pintoresca. Bolsa de tela con publicidad institucional del ayuntamiento de Rocafort (gràcies, Eduard), mochila roja multiusos, toallas del Decathlon algo pasaditas, niño que no para de canturrear en un idioma inventado y tres figuras, padre, madre e hijo, que parecen una aparición fantasmagórica. Mi mujer me dice luego que al salir del agua no le resultó difícil ubicarnos: mi hijo y yo brillábamos como dos focos led en mitad de un mar de cuerpos bronceados. A mí, miope de altas dioptrías, el truco me viene francamente bien cuando, tras vencer mi propia resistencia y entrar al agua, me dispongo a volver a la arena. No se está mal, concluyo. Al final acabo dándome dos chapuzones más, uno de ellos con el niño -que, quizá por herencia paterna, se niega a sumergirse- , e incluso hago vagas promesas de volver al día siguiente.

Dos horas después de plantarnos en la playa, mientras esperamos la llegada del autobús frente al hospital de la Malva-rosa, reparo en el flamante rótulo de la calle. José Ballester Gozalvo, reza. Siento una punzada de orgullo. He aquí un artículo, me digo, mientras voy, móvil en mano, en dirección a la placa con la excusa de comprobar en la aplicación de la EMT cuánto le queda al 93 para llegar. Mi mujer, al verme rebasar el hito indicador y fotografiar el letrero, me mira como si fuera un demente. Vuelvo y le suelto la perorata, que encaja con resignación. Mira, le digo en plan didáctico, Ballester Gozalvo fue un personaje muy destacado en la Valencia del primer tercio del siglo XX que tuvo que exiliarse tras la guerra. Aunque en la plaquita solo lo citen como político (¿no hay una mejor solución para hacer más didáctico nuestro callejero, señor alcalde?) fue un importante pedagogo y un apreciable escritor. Y, por si todo lo anterior fuera poco, fundó el Levante FC en su juventud en compañía de su hermano Víctor. Ahí es nada.

Recuerdo haber acogido con gran satisfacción la noticia de la inclusión de Ballester en el noménclator urbano de la ciudad. Lo merecía, sin duda, por justicia histórica. Y también haber considerado que la ubicación propuesta (la antigua calle Pavía, en la fachada costera del Cabanyal) era inmejorable. Hoy sabemos que, contrariamente a lo afirmado durante décadas, el fútbol valenciano no se originó en la playa ni tuvo como primeros practicantes a los marineros ingleses. Sin embargo, el espacio marítimo sí fue importantísimo en los albores de nuestro deporte. Allí se ubicaba la academia del padre de Ballester Gozalvo, el mestre Vicentico Ballester Fandos, en la que Pepe y su hermano idearon el primitivo Levante. Y allí, muy cerca de donde resistimos con aplomo el sol de agosto, se situó un espacio mítico del balompié local, la popular Platgeta, en la que dieron sus primeras patadas al balón algunos de los pioneros de nuestro foot-ball.