CADENAS Y BATES

RAMÓN PALOMAR

La Transición coincidió con el tránsito en el instituto. Al fondo percibíamos el telón de la universidad y nos parecía de acero, no de terciopelo. Representaba un mundo desconocido en el cual abandonaríamos para siempre la adolescencia y la edad de las tonterías. Esto no era verdad, claro, pero así lo creíamos.

Ignoro cómo surgió, pero, de repente, los más espabilados, los más adelantados, acaso los más precoces o los que tenían hermanos mayores en las aulas universitarias, comenzaron a narrarnos historias de violencia en aquellos pasillos trocados en campos de batalla. Los fachorros más recalcitrantes, contaban, se armaban con bates de béisbol, barras de hierro y cadenas de las de amortajar las motos para evitar su robo. Se hablaba de cabezas rotas, sangre y broncas monumentales. Se comentaba la habilidad de un guerrillero de Cristo Rey esgrimiendo una cadena coronada por un candado mientras se abría paso entre la horda contraria como si fuese Aquiles en Troya. Fingíamos aplomo pero semejante chismorreo de cráneos quebrados nos asustaba más que el dichoso selectivo que hasta el ceporro máximo logró aprobar. De aquellos desmanes, quizá exagerados, manaba un denominador común: el uso de la violencia era patrimonio exclusivo de la extrema derecha. Casi cuarenta años después, por una extraña evolución, asistimos al fenómeno contrario: ahora es la extrema izquierda la que se emplea a fondo empleando el ardor guerrero descerebrado mediante escraches, amenazas y empellones. Se diría, pues, que navegamos de un lado a otro siempre en manos de fanáticos, infatigables extremistas. Esta clase de matones en realidad carece de ideas porque milita en el mismo bando, el de la brutalidad mamporrera frente al de la palabra. Cuarenta años más tarde sólo ha cambiado el color del agresor, no su estúpida sesera.