La caca misteriosa

A falta de medusas, el cierre intermitente de las playas es una amenidad; pero no se toman muestras tierra adentro

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Un colega joven me llama como fuente documental. ¿Cómo era el baño, como estaban las playas valencianas en tiempos de la oprobiosa? Con su mejor voluntad, el compañero quiere saber si lo que este verano ocurre, esa misteriosa e intermitente aparición de bacterias coliformes en el agua del mar, es cosa de ahora o viene ocurriendo siempre. ¿Habrá razones para pensar que también se debe eso al cambio climático?

Me tengo que ceñir a lo poco que sé. Y le recuerdo que la exigencia de higiene y sanidad en las playas valencianas es algo que casi llegó con la democracia. Que antes, para desgracia de todos, funcionábamos al tuntún, con improvisación y alevosía: las primeras papeleras que recuerdo haber visto en las playas, para alegría general, eran groseros bidones de hierro que se usaban para envasar petróleo o gasolina. El repaso de la arena con peines y rastrillos es un servicio municipal de poco más de cuarenta años de vida: todos los setentones sabemos, pues, lo que es el 'tarquim' negro que aparecía bajo la arena; y todos hemos ido lloriqueando a que mamá nos quitara con petróleo y un trapo aquel alquitrán negro que soltaban los barcos y se convertía en bolitas de grasa.

La limpieza de la playa no formaba parte de las exigencias municipales y nos bañábamos rodeados de cebollas, tomates y conejos que no sabían nadar. Y cuando se vio que los turistas y los vecinos de plantilla merecían algo mejor fue preciso empezar por lo elemental: evitar que las alcantarillas y las acequias no vertieran al mar directamente. En los setenta se empezó a trabajar en serio en la nueva red de colectores y en los ochenta se empezó a aplicar el higiénico principio de las depuradoras. Aun recuerdo los esfuerzos de alcaldes de antes y después de la democracia y más tarde las inversiones del presidente Lerma. A todos ellos se debe la labor callada de gastar dinero en obras que políticamente no eran lucidoras... aunque gracias a ellas se puede hablar, en el siglo XXI, de tantas o cuántas banderas azules.

Claro que la perfección no existe. Días atrás, Vicente Lladró ya puso el dedo en la llaga al escribir que en la Valencia subterránea hay muchos misterios, muchas trampas, engaños y mentiras; y que sigue existiendo, en el subsuelo, muchas zonas en las que acequias y alcantarillas son la misma cosa. Si Ausias habló de «amagatalls secrets», no quieran saber lo que hemos sido capaces de consentir entre unos y otros.

Este verano, a falta de medusas y carabelas, la caca misteriosa está dando mucha amenidad a las playas, que se abren y cierran al compás del trabajo de unos analistas, desconocidos pero certeros a la hora de afinar. Son los que toman muestras donde las olas rompen, pero no se aventuran -¿y eso por qué?- tierra adentro. Deberían visitar polígonos industriales, depuradoras que no funcionan y urbanizaciones que se construyeron en años de vigilancia dormida. Prueben, prueben...