CABEZADITAS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Admiraba a mi tío Luís no sólo por su bondad, sino por una capacidad suya que me pareció siempre extraordinaria pero que, intuyo, abunda más de lo que sospecho. Mi tío podía echar una cabezadita (la famosa «becaeta» valenciana) en cualquier lugar y situación, ya fuese una estrepitosa fiesta de cumpleaños o un morigerado funeral. Podía dormir, además, no sólo sentado, sino de pie, apoyado contra la pared. No importaba el tiempo, la cabezadita duraba o un par de minutos o una hora, según el contexto. Si en mitad de una charla con él callabas un momento, cerraba los ojos y si le apetecía se sobaba de golpe. Le despertabas un rato después, abría brioso los ojos sin amodorrada transición y era capaz de retomar el hilo de la tertulia justo donde lo habíamos dejado. Extraordinario, ya digo. Nunca tuvo un mal despertar porque la calidad de su sueño resultaba profunda, magnífica. Los que tendemos a dormir poco y mal envidiamos mucho este dominio que consiste en abrazar a Morfeo así a voluntad. Sin alcanzar los extremos de mi añorado tío Luís, eso sería imposible, he conseguido a lo largo de los últimos agostos de vacaciones depurar una notable disposición hacia la legendaria siesta del borrego y esto me gratifica sobremanera. Me levanto pronto, acudo hasta el mar para bañarme, luego leo el periódico, algo de novela y, a eso de la una del mediodía me atrapa una bendita laxitud que me traslada hacia la cama. Allí duermo, con límpida babilla incluida, hasta la hora del almuerzo. Zampo hambriento y luego, pues hombre, homenajeo la siesta tradicional, la vespertina, que también me sienta de estupenda como el guante negro a Rita Hayworth en la famosa película. Tales milagros de sopor rotundo sólo fructifican durante estos días de perrería total. Pero espero, con los años, alcanzar el virtuosismo de mi tío.