CABANYAL, AÑO CERO (II)

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

A punto de terminar la etapa de cuatro años de Joan Ribó en el Ayuntamiento de Valencia, a poco más de cincuenta días de las elecciones municipales que tal vez lo ratifiquen en la Alcaldía o tal vez lo manden a casa, cabe afirmar que el Cabanyal es su gran fracaso, el mayor que no el único, aunque si finalmente pierde en las urnas no será por este asunto sino por el tráfico, donde ha conseguido irritar a buena parte de la población, no a toda, que también los hay que están encantados con el recambio de la dictadura del coche por la de la bici y el patinete, nuevos medios de transporte que se han hecho amos y señores de la ciudad.

Era en el Cabanyal donde Ribó tenía la gran oportunidad de hacer algo, de dejar huella, de demostrar que cabe una manera diferente de interpretar el urbanismo. Y el caso es que para prepararse -él y sus socios de gobierno- tuvieron veinticuatro años, el tiempo que Rita Barberá estuvo como alcaldesa. Ella fue la gran defensora de la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez hasta el mar, el proyecto que amenazaba la unidad e integridad del barrio. Pero no lo hicieron, no se prepararon, no tenían plan alternativo. Su única táctica era a su vez su única estrategia, la de oponerse a lo que hacía el PP porque lo hacía el PP y si lo hacía el PP no podía ser bueno. La corrupción generalizada en las filas populares les abrió de par en par las puertas de la Alcaldía, a donde llegaron huérfanos de iniciativas de calado, más allá de abrir el balcón a los ciudadanos o llegar a trabajar en bicicleta (no todos lo días, ni lo de la bicicleta ni lo de trabajar).

Han pasado cuatro años y lo único que se ha movido en el Cabanyal ha sido unas obras de urbanización en algunas calles -tan necesarias como insuficientes- y diversas iniciativas privadas, a las que casi habría que calificar de heroicas pero que en conjunto no han conseguido revertir la degradación de una zona de la ciudad que por su ubicación y por sus características arquitectónicas debería ser una de las más apreciadas y buscadas. El plan especial se encuentra en estos momentos en fase de exposición y los vecinos han presentado alegaciones cargadas de razón, como la de rebajar las alturas previstas, que en algunos puntos llegaban a las seis plantas, o la de reproducir el esquema de viviendas con plantas bajas habitables y no destinadas a uso comercial, con el objetivo -tal vez utópico pero cargado de romanticismo- de mantener el ambiente de calles de pueblo tan característico del barrio, con los residentes tomando la fresca junto a la puerta de su casa. Una vez pasen las elecciones comenzará una nueva cuenta para el Cabanyal, otro año cero, con casi todo por hacer. Así titulé mi artículo del 6 de mayo de 2015 y así, lamentablemente, vuelvo a titularlo ahora.