La cabaña

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

Si quiere haga la prueba. O imagine que la hace. Se va a una montaña, elige una zona de ladera que le parezca adecuada, medio soleada pero junto a unos árboles que provean algo de sombra cuando convenga, y comience a levantar una cabaña. Hay manuales que puede pillar por internet. Tutoriales, se llaman ahora. Queda más guay con materiales reciclados de madera, y seguro que encuentra por ahí planchas metálicas para librar el techo de aguaceros y nevadas. Pueden resultar muy sonoras si cae pedrisco o soplan vendavales -¡sujételas bien, no vayan a salir volando!-, pero las comprará baratas en alguna chatarrería, y seguro que sirven para que no haya goteras. Luego, una vez que se sienta a salvo de la lluvia, del viento y del frío, organice algo su interior y póngase a vivir allí varios meses seguidos. Da igual que no tenga suministro de luz, ni de agua potable, ni de gas... Está en la montaña y se lo monta en plan de supervivencia en un refugio. Como diciendo: a ver hasta cuándo aguanto. O peor aún: contando cuántos días tardan en presentarse por allí, además de cuadrillas de curiosos, algún agente forestal que indague por la cuestión y pida el permiso de acampada; la policía local, la autonómica y el Seprona de la Guardia Civil preguntando el por qué y cuándo y, por supuesto, reclamando licencias, permisos, solicitudes y otros papeles necesarios, exigibles o convenientes. ¿Usted vive aquí?, le preguntará cualquiera de los agentes oficiales. ¿Tiene cédula de habitabilidad, la ha pedido, confía en que se la den, el terreno es suyo, cuenta con proyecto... cómo gestiona sus residuos, dónde vierte las aguas sucias, hay depuradora? No, no pasará el trámite de tantas cosas. Salvo que esté en la falda del Mont Blanc, en Francia y en un sitio tan moderno y concurrido como Saint Gervais les Bains, donde vivía Josu Ternera.