CABALLEROS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Le enchufaron la etiqueta de caballero y desde entonces acumula éxitos y seguidores pues se conoce que al público le encanta poder observar a un caballero que en vez de lanza sujeta una raqueta con la mano. En la final sobre hierba entre Federer el caballero y Djokovic el gamberrete yo estaba del lado de este último. Por llevar la contraria y porque me cargan los que lucen estampa de caballero. Me aturulla cuando sale modoso gastando rebeca, me fastidia que apenas sude, me toca las narices verlo tan perfectín y repeinado, se me indigesta además su familia de postal. Mamá, papá y los cuatro retoños. Todo tan suizo y pulcro como un estomagante reloj de precisión similar a un caramelizado cebollino gigante enroscado a la muñeca. También es verdad que hundí mis adolescentes raíces en el punk, de ahí que, ya en aquellos tiempos, me encantaba McEnroe frente al morigerado Borg. Cuanto más detestaba la gente al genial y estrepitoso yanqui más le admiraba yo. Pero la masa andaba con el nórdico por rubio, por gélido, por mecánico, por caballero y por triunfador. Qué aburrimiento. McEnroe sonaba a un rock trallero de los Ramones y Borg era una balada relamida de Abba que se baila cuando la verbena aceitosa de verano. Con el paso del tiempo descubrimos que el pobre Borg, tan caballeroso, sucumbió a los encantos de la farlopa, a los negocios ruinosos y a los vicios lúbricos. Caray con el caballero. Sin embargo el rebelde McEnroe se recicló óptimo trabajando de agudo comentarista televisivo. Para que se fíen ustedes de los caballeros semejantes a purísimas estatuas de mármol. Los que derraman cierta ironía y se enfrentan a lo políticamente correcto, como Djokovic, aportan sal a este insípido universo. Los caballeros impecables nunca muestran lo que esconden en su armario. Que no, que no me fío de ellos.