La burla

Las decisiones municipales a través de consultas en la red son un sucedáneo intolerable, soviético, de la democracia

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Hacia 1972, el profesor de Matemáticas Lorenzo Ferrer presentó, en su doble función de concejal, un imponente estudio, cuajado de datos, sobre las necesidades de la ciudad. Ferrer, años antes, en los sesenta, había trabajado desde la Universidad para asesorar al Ayuntamiento sobre las necesidades educativas futuras: el gran avance escolar y universitario que Rincón de Arellano propició en su momento, incluso el sueño de una Universidad Politécnica, salió de su nueva disciplina, la investigación operativa.

Sin embargo, la encuesta-consulta que Ferrer hizo en los primeros setenta para el consistorio de López Rosat, ya fue otra cosa. Porque se presentaba como lo que no debía ser: un placebo sustitutorio de las verdaderas elecciones. Sondear no es votar, empezó a decirle el periodismo más comprometido con la libertad necesaria. Una encuesta podía dar interesantes orientaciones, pero nunca podría ser una alternativa válida a la democracia, con partidos y con urnas, que empezaba a reclamarse en todas partes. El siguiente alcalde, Miguel Ramón Izquierdo, cauteloso y avisado de lo que los tiempos nuevos reclamaban, tomó buena nota de la encuesta, pero le puso una sordina equivalente a un entierro.

Han pasado muchos años, demasiados. Pero mira tú por dónde el dilema entre las consultas y las elecciones se ha puesto de nuevo de actualidad. Para peor. Porque el profesor Ferrer, con los primeros ordenadores universitarios y sistemas de probada calidad estadística, aún fue capaz de procesar la información facilitada por dos o tres mil valencianos... mientras que lo que el día a día municipal nos ofrece son ridículas consultas ciegas, también sordas y mudas, que se cuelgan de la red para que unos pocos avispados puedan dedicarse a engañar a una mayoría que está en lo suyo.

Critiqué hace unos meses el remedo de participación que al final ha cambiado el estacionamiento de la plaza del mercado de Rojas Clemente por un parque infantil. No critico el resultado del cambio, que incluso puede ser positivo. Pero sí afeo que el Ayuntamiento nos haga el camelo de asegurar que el voto telemático de 28 personas sustituye, con calidad democrática, lo que debería haber sido una legítima decisión corporativa municipal.

En democracia, faltaría más, se sondea y se ausculta al pueblo. Pero lo que vale, sobre todo, es que el pueblo vote. Hacer que a través del teléfono, y sin posibilidad de que nadie vote «no», haya dos docenas de frikis que tomen decisiones por encima de la opinión y el derecho de miles de electores legítimos, es una burla indignante -soviética- de la verdadera democracia.

Hoy es un parque o un carril bici. Parece poca cosa. Pero mañana, si se envalentonan, lo harán con asuntos trascendentales. Y se cargarán la democracia. ¿A santo de qué lo consentimos? ¿Por qué la oposición tiene tanto miedo y parece que le cae la baba?