Bultos

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Escucho atento los comentarios que justifican el momentáneo abandono. Escucho y callo. No es tu problema, ni te metas ni opines, pienso. Así pues, les sigo la corriente con una sonrisa que va mutando desde el mohín beato hasta la mueca de un payaso psicópata. Es bueno que el aire les ventile la sesera. Es bueno que se muevan. Es bueno porque aprenden un idioma. Es bueno porque viajan y se espabilan. Sí, es buenísimo, sobre todo porque encaloman a sus pequeñuelos por ahí y de ese modo ellos disponen de reparadora tranquilidad. Cualquier familia que disponga de ciertos medios factura a sus criaturas hacia otras zonas empleando amplio abanico de coartadas. Los amantísimos progenitores les mandan cerca a campamentos de tiendas de campaña y tirolinas de Rambo o hacia lejanos países donde puedan realizar una inmersión total. Todo en su (presunto) beneficio. Ah, los desvelos paternos. La chavalería se ha cascado toda la temporada bajo la férula escolar, pero cuando irrumpen las vacaciones, o sea la tierra prometida de perrería y laxitud, el oasis de la permanente y necesaria gandulería, les catapultan como si fuesen bultos de paquetería hacia otras dimensiones que, en principio, resultan divertidísimas y fundamentales para la educación. Incluso mis propios padres me colocaron cuando contaba 9 años en una colonia infantil de cuyo nombre no quiero acordarme... Excuso decirles que, tras pasar una triste noche, llamé a casa llorando mientras lanzaba un trágico mensaje de socorro. «¡Sacadme de aquí!», mascullaba. Me rescataron pero la faz de mi padre no refulgía de felicidad, precisamente. «Creíamos que en casa te aburrías...», comentaron de regreso. ¿Aburrirme yo? Imposible con la compañía de Julio Verne, Karl May, Salgari y Twain. Además, a ver si nos aclaramos, nada hay de malo en aburrirse. Nada.