UNA BUENA PERSONA

Marta Hortelano
MARTA HORTELANO

Lo conocí en 2011, unos meses antes de que llegara a Les Corts, y enseguida hicimos buenas migas. No era demasiado difícil porque no querer a Jordi Serra era algo complicado incluso para los que no compartían ideas con él. Nuestra relación siempre estuvo llena de casualidades, una de las cosas que más me fascinan de esta travesía. ¿Qué es si no la historia de nuestro profesor escritor dulcepepinillo que acabó viviendo junto al mar, Jordi?

Reímos mucho, porque dramas ya habíamos vivido bastantes los dos. Y tejimos una complicidad que sobrevivió al escaño. Hacía tiempo que no hablábamos en la vida analógica, pero sí en la digital, esa en la que ahora también se mueven y se remueven nuestras emociones. En esa también nos entendimos.

El cáncer siempre fue una palabra común en nuestras conversaciones. Los dos habíamos vivido muy de cerca la enfermedad, con pérdidas, e incluso con la supervivencia de algunos de nuestros seres más queridos. Y lo hablábamos sin adornos. Sin complejos. Como huérfanos, pero también como amigos y parejas de personas que se habían curado. «Me gusta leer tus textos sobre el cáncer porque siempre hablas de él con franqueza y claridad», me dijo no hace mucho, sobre un artículo en el que yo hablaba de mi madre.

Ahora escribo estas líneas desde la tristeza que me produce su muerte, pero también la que me deja la cobardía de no haberle podido enviar unas palabras de ánimo al haberme enterado de que la cosa se había puesto fea hace apenas quince días. La enfermedad siempre suele paralizarme por un tiempo, hasta que la digiero. Hasta que encuentro las palabras que me hacen dejar de ser cobarde. Unos días que en el caso de Jordi fueron demasiados. El valor me llegó tarde. Seguro que él lo entendería. Seguro que me habría hecho sonreír. Porque eso es lo que hacen las buenas personas. Hacer un poco mejor la vida de todos los demás. Y él era una de ellas. Hasta siempre Jordi.