En Bruselas aún no venden ventiladores

Los objetos corrientes se borran de nuestra memoria en cuanto desaparece la necesidad que los justificaba

En Bruselas aún no venden ventiladores
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Casi nadie se acuerda de que los cines de antes contaban con grandes escaparates en los que colgar fotos de la película en cartel. De todo lo cotidiano nos olvidamos con facilidad. ¿Quién de la generación de mis hijos sabrá formar y freír croquetas? Teléfonos fijos de pared, buzones de correos, papel de calco, talonarios, yogurteras, brochas de afeitar, coderas, pasteles del domingo, sobres sorpresa, tardes de costura, radionovelas, ¿dónde han quedado? Los objetos corrientes se borran de nuestra memoria en cuanto desaparece la necesidad que los justificaba. Enaltecemos lo grande y borramos lo pequeño, y a semejante menosprecio lo llamamos «hacer Historia». Hasta que lo desechado vuelve a hacernos falta.

Pues bien, estos días yo daría media vida por un ventilador para la calor belga. Sí, un ventilador. Uno de esos que ponía mi padre sobre la mesa del despacho de su consulta de médico; o uno de los que llevaban los taxistas en el salpicadero del taxi; o mejor, uno grande como aquellos elevados por un palo largo con un pie con ruedas que los curas sacaban en misa. Mi abuelo tenía un ventilador enorme para dormir con él la siesta en verano. El ruido monótono del motorcito y el giro insistente de sus aspas también ayudaban a conciliar el sueño. Un ventilador de los que usábamos cuando venía la calor que hace ahora en Bruselas y el aire acondicionado era todavía un invento de ciencia ficción.

Hubo un tiempo en que sólo se podía pasar fresquito cualquier tarde de julio en Valencia en la catedral o en El Corte Inglés. Luego sí, luego la refrigeración nos hizo creer que la calor, esa que los perros pasan inmóviles a la sombra, era algo viejo, igual que al nuevo rico le parece sorprendente que el hambre exista. Pero no, aquí lo único insólito de verdad son estos más de cuarenta grados de Bélgica de esta semana, que las noticias, después del 'Sanchazo', no hablan de otra cosa. A mí ya se me había olvidado tanta calor.

En Bruselas, como en nuestro país cuando el Mundial 82, algunos bares han colgado el cartel que dice: «Aire acondicionado en el interior». También, «Se despacha hielo» en las gasolineras. El gobierno belga ordena a los supermercados vender fruta cuando se ponga el sol para que se refresque quien no pueda conciliar el sueño. Y todos pasamos la noche con las ventanas abiertas de par en par, tal que en la España del: «¡¿Se puede callar ese niño?!», o del «¡Ya están los Pons otra vez dale que te pego!». Este verano con el cambio climático la calor del sur se ha venido al norte y en la Grand Place se está como en el arcén de una carretera en Cuenca en agosto. ¡Y yo sin un ventilador!, y a punto de bajarme al atardecer al portal, con una sillita y una palangana de agua fresca en que meter los pies, a escudriñar a los que pasen. Detalles de la España quemada de antes para la Bélgica recién horneada de hoy.