Brindis por la incorrección política

PEDRO PARICIO AUCEJO

La confusión ideológica y moral de nuestros días ha permitido la institucionalización colectiva de la denominada 'corrección política'. La ingeniería social de ciertos poderes oligárquicos, el asedio de la connivencia mediática, la parálisis de gobernantes convenientemente ideologizados y el fetichismo positivista de buena parte de la ciudadanía... han introducido en nuestro mundo una tiranía de cristal: la que impone su interpretación de las cosas hasta el punto de decidir arbitrariamente qué es el bien y el mal, establecer la hegemonía de sus dogmas y anular toda contestación que atente contra los intereses de la ortodoxia de la organización dominante.

Semejante proceder ataca todo aquello que pueda ser ofensivo para la nueva oligarquía, falsea la realidad, envilece la sociedad y, al dividirla, plantea un grave problema de convivencia. La introducción masiva de esta perversa forma de censura decide con sutileza los asuntos sobre los que -al menos públicamente- no se puede discrepar. Uno de ellos es el de la relevancia de la fe católica y su aportación al desarrollo de la nación española. Sin embargo, no es ésta una cuestión controvertida cuya incorrección política sea exclusiva de nuestros días. Ya en el siglo XIX fue motivo de polémica pública entre Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) y un grupo de exaltados especialistas en la obra de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681).

Es un hecho reconocido que el genial santanderino ha pasado a la historia como defensor del catolicismo y de la identificación de éste con el espíritu nacional de España. Su capacidad intelectual y arrolladora dedicación se pusieron al servicio de la reconstrucción histórico-ideológica de la cultura española. Consideraba necesario conocer nuestra historia para, superando lo negativo de ella, tomar lo positivo como punto de arranque en el avance hacia el futuro: «Hoy presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por gárrulos sofistas, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, y, corriendo tras vanos trampantojos de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su espíritu propio, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores y reniega de cuanto en la historia lo hizo grande».

Aquel dato sobre el apasionamiento religioso y patriótico de nuestro polígrafo es tanto más significativo por darse en una época en la que la mayor parte de la intelectualidad tenía una actitud anticatólica y anticlerical, compartiendo la idea de que el atraso cultural de España en Europa tuvo en la Iglesia una de sus principales causas. Así, en 1881, con motivo del bicentenario de la muerte de Calderón, acudieron a la conmemoración muchos profesores nacionales y de diferentes países extranjeros. Reunidos en el madrileño Parque del Retiro celebraban un banquete en su honor. Sin reparar en que se trataba de un homenaje al gran dramaturgo del Siglo de Oro, todos brindaban exaltando ideas opuestas a las del autor de 'La vida es sueño' e, incluso sin disimulo, mostraban su claro sectarismo anticatólico. Las miradas se dirigieron entonces a Menéndez Pelayo, insistiendo para que también él pronunciase unas palabras. Obligado a intervenir, el joven académico pronunció un discurso con el que, a pesar de la mayoría aplastante de asistentes incrédulos e indiferentes, dio testimonio de sus convicciones católicas y españolas.

«Brindo -dijo el sabio montañés- por lo que nadie ha brindado hasta ahora: por las grandes ideas que fueron alma e inspiración de los poemas calderonianos. En primer lugar, por la fe católica, apostólica, romana, que en siete siglos de lucha nos hizo reconquistar el suelo patrio... Por la fe católica, que es el sustantivo, la esencia y lo más grande y lo más hermoso de nuestra teología, de nuestra filosofía, de nuestra literatura y de nuestro arte... En suma, brindo por todas las ideas, por todos los sentimientos que Calderón ha traído al arte; sentimientos e ideas que son los nuestros, que aceptamos por propios, con los cuales nos enorgullecemos y vanagloriamos nosotros, los que sentimos y pensamos como él, los únicos que con razón y con justicia y con derecho podemos enaltecer su memoria».

Ante el galimatías social y la confusión identitaria que ha provocado la actual corrección política en esta materia, no me cabe duda de que el cántabro universal brindaría también hoy por todos aquellos que -sosteniendo los fundamentos de la antropología católica y haciendo frente a la cosmovisión cristofóbica- creen en una existencia definitiva, más allá del desespero de esta tierra inquieta y de la angustia de la nada aterradora. Brindaría por aquellos que anhelan transformar la sociedad a través de la única revolución verdadera, la que viene dada por la intimidad con el Dios vivo, garante de una libertad, una verdad y una justicia que están más allá de nuestras posibilidades ideológicas. Brindaría por quienes buscan la grandeza integradora de nuestra fe como escuela insuperable de civilización y divinización, que ha aportado a la humanidad la solución al interrogante fundamental de la existencia, la contribución al bien común desde la perspectiva del misterio divino y la capacitación para vivir en plenitud y ser auténticamente humano. ¡Yo también brindo por todos ellos!

 

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