El 'Brexit': aviso para demócratas

Pone los pelos de punta que algunos quieran solucionar los problemas de España usando la misma fórmula que los británicos

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Por razones fáciles de comprender, el debate en torno al 'Brexit' ha sido hasta la fecha un debate en torno al futuro de Europa entre los europeos; y entre los británicos un debate en torno a su identidad como nación. Y para unos y otros, una agria disputa en torno a los costes y los beneficios de nuestra pasada y nuestra futura relación.

Pero el modo en el que el 'Brexit' se orquestó desde el primer momento, y en especial su actual embarrancamiento a manos de una Primera Ministra decidida a sacar a su país de la Unión, un parlamento incapaz de hallar la forma más idónea para hacerlo, una opinión pública en buena parte arrepentida de lo que votó allá por junio de 2016, y unas autoridades comunitarias que cada vez contemplan con más indiferencia los problemas de su antiguo aliado, brinda sin duda alguna material para llevar a cabo una profunda reflexión también sobre qué tipo de democracia queremos para nuestro país.

En un momento en el que las -por otra parte justificadas- críticas a la vieja política y a los partidos de siempre ha llevado a más de uno a cifrar todas las esperanzas de renovación de nuestro sistema político en el recurso a la democracia directa, y en el que para un concreto sector del arco político español, como es el nacionalismo catalán, la propia institución del referéndum ha pasado de ser un medio a convertirse en un fin -«Volem votar!»- lo sucedido en el Reino Unido debería constituir un serio aviso.

Los británicos, acostumbrados a que la suya sirviera de ejemplo de estabilidad y de patrón de referencia a todas las democracias de su entorno y aun de los lugares más remotos del planeta, se vieron primero asediados por la demagogia, la irresponsabilidad y la ambición de unos pocos y abocados a tomar una decisión de hondísimas implicaciones sobre la base de argumentos inconsistentes y cálculos carentes del más mínimo rigor; luego, fracturados política, económica, geográfica y generacionalmente en dos mitades por un referéndum auténticamente fratricida; y finalmente sorprendidos por el hecho de que la decisión que habían creído adoptar resultara susceptible de implementarse de mil maneras diferentes; y que el modo y el momento para hacerlo acabara teniendo que ser pactado entre aquellos políticos en quienes desconfiaban, y aquellos otros de cuyas garras suponían estar escapando.

A la vista de ese ejemplo, pone los pelos de punta que algunos lleven años ya planteando que la solución a los problemas de España -al catalán, y a otros tantos más- haya de pasar por el uso de ese instrumento participativo que ha sumido a la democracia más antigua del mundo en la crisis más grave de su historia reciente, partiendo en dos a sus ciudadanos y -suprema contradicción- poniéndolos más que nunca en manos de sus políticos. De modo que si esa va a ser la nueva democracia participativa, díganlo: que yo me quedo en el vagón de la vieja política partidista.